Su mirada arañaba el suelo de la sala. Cubierto con una gorra y sobre ella la capucha de la sudadera, como si viera el mundo a través de unos prismáticos. Aunque intentaba ocultarse, sus ojos lo delataban. Leer más
La joven sólo quería expresar lo que sentía. Con su delicada voz leyó en alto para que la escuchara. Su entonación era perfecta. Llegaron a mi mente palabras con un gran significado emocional. Frases que indicaban profundos sentimientos que harían adentrarse a cualquier persona adulta en la adolescencia.
Durante la lectura sus manos se agitaban para recoger su pelo, hacia un lado y a otro, como un gesto automático que denotaba inquietud. De ojos grandes, expresivos y manchados por un toque de ira oculta. De aspecto inocente, indicando en su tono de voz un estado de tristeza confusa.
—¿De verdad vas a publicarme esto en Secretos del Alma? ¿Te gusta lo que escribo?
—Me gusta lo que escribes y entiendo lo que escribes. Estas en una etapa de la vida en que te sientes diferente, luchadora, egoísta, inestable y solo tú te lo puedes decir. No das permiso a cualquiera para que te diga quién eres y cómo debes cambiar y para mí es un honor que me dejes formar parte de tu crecimiento y que confíes.
—Gracias. Pero no pongas mi nombre real, llámame Eli.
“Prisionera de mis actos, de mis decisiones, de mis circunstancias y de las conclusiones que saco cuando miro al espejo y no veo nada. Imagino mi futuro… pero no veo nada.
Quiero volver atrás, a los meses de risas, juerga, veneno, pero es que no queda dinero, ni confianza; mis padres deberían darme alas, pero no: solo una soga al cuello.
Y hoy no sé qué hacer. El frío me cala los huesos. Estoy en un laberinto de calles sin salida, quieren las respuestas de una eminencia, pero yo solo soy hueso y carne y algo de conciencia. Yo soy todo lo ángel que puedo, ¿por qué no me dais mis alas o me dejáis que regrese al infierno? En el fuego eterno hay calor; entre estas cuatro paredes se nos ha roto el amor.
Prisionera de mis actos, de mis decisiones; papá ayúdame… no me enfades…
Mi madre dice quererme, pero muestra lo contrario ignorando mis circunstancias y las conclusiones que saco cuando miro al espejo y no veo nada porque imagino mi futuro y sigue sin haber nada.
Creo que la pérdida nos afecta a todos, claro, aunque es mucho peor cuando es un ser muy cercano, te saca el alma y la mente, te cambia la sonrisa sin necesidad de aparatos… en eso todos somos iguales, en eso todos somos humanos. Mi yaya ya no está para llamarle “payo” al yayo, ni mi viuda abuelita para ir al campo en verano… solo espero que mi yayo no me suelte de la mano y que se tenga que ir dentro de muchos, muchos años.
Prisionera de mis actos, de mis decisiones, de mis circunstancias y de las conclusiones que saco cuando miro de puertas “pa” fuera y no veo nada, cuando miro de puertas “pa” dentro y solo veo ratas.
Después de leer sus sentimientos, Eli agachó la cabeza.
——La gente me pregunta que por qué vengo al psicólogo y yo respondo que, para contar mis cosas, a que alguien me guie y me diga que tengo que hacer.
—Aunque luego hagas lo que te dé la gana, ¿no es así?
Eli silenció con las manos su risa y empezó a morder un lápiz nerviosamente. Siempre tenía que tener algo en las manos. Mientras hablaba necesitaba hurgarse la nariz y más cuando era un tema que le preocupaba mucho.
—Me dijiste que era histriónica, que tendía a exagerar con mi voz y mis gestos lo que siento y que soy una dramática. Que puedo hacer más de lo que hago, que soy inteligente y que desde que estamos juntas en terapia he cambiado para bien. He oído hablar del histrionismo. Ya de pequeña un médico me dijo que yo era así, que era dramática y teatrera y yo te pregunto, ¿esto es muy grave?
—No se trata de si es grave o no. Se trata de entender que las personas histriónicas necesitan ser el centro y para lograr su objetivo suelen usar estrategias de dramatización y victimismo. Son seductoras, con una excelente capacidad para relacionarse con los demás y cuando no son capaces de acaparar la atención o salirse con la suya se muestran incomprendidas y es ahí cuando se sienten víctimas viviendo continuamente en una montaña rusa. Viviendo sin dejar vivir, creyendo llevar razón, pasando de estar alegre a triste y melancólica en un segundo. Imagina vivir con alguien así que encima no lo ve.
—Anda, que interesante. ¿Esa soy yo?
—Tú me dirás si eres o no. Influenciable, preocupada por tu imagen de forma desproporcionada, dramática, inteligente, susceptible, creativa, poca tolerancia a la frustración, emotiva, insegura… es complicado vivir así. Sin embargo, cuando te encuentras en equilibrio, serena y sientes motivación por algo, entregas el alma. Pero todas las personas somos de diferentes formas. En un principio se trata de entender cómo eres y a cada persona que está a tu alrededor. La convivencia no resulta fácil si uno no pone de su parte. Y recuerda Eli, cuando logramos encontrar una forma de llenarnos, ilusionarnos, esforzarnos, sentirnos respetuosos y orgullosos con nosotros mismos, es cuando empezamos a sentir que nos formamos como personas capaces y este crecimiento nos hace grandes. ¡Tú puedes Eli! Levántate y aprende a mirar al mundo de cara, así el mundo nunca te dará la espalda.
—Venga, ¡díselo a la psicóloga! Explícale porque no quieres echar un polvo conmigo. Cada vez que me acerco parece que no tienes ganas… nunca tienes ganas.
—No seas ordinario Paco… ¡echar un polvo!… estamos en una consulta, haz el favor… habla de otra forma.
—Pero, ¿qué quieres que diga, hacer el amor? Pero es que nosotros no hacemos eso Manuela, no hacemos ni eso ni lo otro.
La pareja se había sentado frente a la psicoterapeuta, de tal forma que daba la sensación de existir mucha distancia entre ellos. El rostro de Paco indicaba frustración y el de Manuela desesperanza.
—¿Pues no me dice mi mujer, cuando le digo que voy a irme de prostitutas al final, que le importa tres pimientos, que lo que tengo que hacer es eso y dejarla en paz? Manuela, te lo digo de verdad, ¡yo no puedo más! Me das miserias. Si te toco aquí mal porque te duele, los brazos siempre a la defensiva, aquí no, ahí tampoco… pues yo veo a las parejas que se abrazan, que se besan… y yo… reclamando un poco de cariño y con la dichosa frase metida en la cabeza “cariño, ahora no me apetece”. Si no te apetece ahora, ¿cuándo? ¿eh? ¿cuándo Manuela? Cuando se nos haya caído todo a trozos por la edad… ¿o es que no te gusto?
Manuela permanecía callada, con la cabeza inclinada en posición de sentir vergüenza. Paco tenía un brillo especial en los ojos. La miraba de arriba abajo buscando una respuesta.
—Paco, yo no tengo la culpa de que no me apetezca. Tu eres muy fogoso y yo no.
Paco se adelantó a la respuesta de Manuela. Se inclinó en la mesa y con aspecto guasón dijo:
—¿Usted conoce el chiste de una mujer que llega a su casa y se encuentra a su marido con otra en la cama? La mujer, al ver que la chica con la que estaba era la mendiga que siempre pedía en la esquina del supermercado, le pregunta a su marido: pero… ¿cómo es posible que me engañes con una mendiga? Y él le responde: llamó a la puerta, le abrí, me preguntó que si podía darle algo que ya no usara…¡y le di esto! (gesticuló cogiendo con su mano sus partes) Pues… este chiste representa lo que no te extrañe Manuela que pase un día.
—De verdad Paco, no puedo contigo. Deja de decir tonterías. Parece que solo tengas el sexo en la cabeza y las cosas no son así. No pretendas que me vaya a la cama contigo o que sea cariñosa cuando me tienes frita. Te digo que los sábados comemos a las dos y media… tu a las tres en casa, de cervecitas con los amigos.
—Manuela, te digo siempre que vayamos a tomar los sábados un aperitivo y tú no quieres, pues yo me voy.
—Paco, te digo de salir por la tarde y compartir algo juntos… pues tú al futbol o a casa de Pepe que tenéis que arreglar no sé qué en el ordenador… Te digo que te encargues del nene que me tengo que ir y me giro y no estás… te digo que estoy aburrida ya, que no hacemos nada juntos… y tú te lo tomas como que soy una pesada… pues que quieres que te diga Paco… ¿que cuando me pegas una palmada en el culo que esté dispuesta? Pues no me da la gana. Tenemos un problema de pareja y esta señora nos ayudará.
—Manuela, Paco, ¿esta es la primera vez que habláis de este tema?
Manuela relajó su mirada, cogió la mano de su marido y acercó su asiento al de él y contesto:
—Sí, es la primera vez. La verdad es que en parte lleva razón. Siempre le digo “cariño, ahora no me apetece”. Yo quiero estar bien, quiero que estemos bien. A mí el sexo no me gusta tanto como a él, pero sí que es verdad que no puedo tenerlo así.
Paco miraba a Manuela como si estuviera viendo a una mujer que no era la suya. Sus cejas se levantaron en símbolo de asombro.
—Bueno… yo también me pongo pesado con esto y es cierto que no hacemos muchas cosas juntos.
—Manuela, ¿podrías explicar por qué cierras los brazos en posición de defensa como ha explicado Paco y por qué no permites que te toque?
—Pues porque no sabe tocarme. ¡Ahora ya lo he dicho! Paco, te las das de fenómeno en la cama y de eso nada. Eres muy bruto. Yo necesito tiempo, necesito que no solo estés cariñoso cuando quieres cama, necesito reírme contigo, compartir cosas, que tengas ganas de ayudarme y de estar conmigo… esa es mi forma de hacer bien el amor y no llegar y besar el Santo. Una cena un poco más especial, dejar el nene en casa de mi hermana… salir a bailar, duchadito, que te arregles para mí o simplemente estar abrazada a ti en el sofá… pero hijo… cada vez que me abrazo a ti te crees que hay tema y eso no puede ser así.
—¿Lo de duchadito lo dices por algo Manuela? Esta mujer se va a pensar que soy un tanto marrano.
—Paco, no puedes llegar de trabajar y por pereza meterte en la cama así, tal cual. Te recuerdo que dormimos los dos en la misma cama y yo cuido mucho mi higiene, cosa que tu no mucho.
La pareja hablaba y hablaba sin que la psicoterapeuta tuviera que intervenir. El gesto cariñoso de Manuela acercándose a Paco con el asiento, había provocado una mayor comunicación. En las sucesivas sesiones, la pareja había empezado a negociar tiempos para compartir y otra forma de entregarse el uno al otro. Habían decidido salir a andar para poder hablar con más frecuencia, se habían obligado a tener encuentros íntimos planificando con antelación dónde dejar a su hijo porque Manuela necesitaba más intimidad.
En una de las sesiones próximas a finalizar la terapia, Paco le explicó a Manuela lo que sentía cuando hacía el amor con ella.
—Manuela, igual de importante es tu cuerpo que el mío. Yo también necesito caricias, masajes, mimos. También necesito que me recuerdes que te gusta mi cuerpo, que tienes atracción por mi. Necesito notar que respiras a mi compás, que te hago sentir. Si te quedas quieta como si se me hubiera caído el Cristo de la pared, yo no me concentro porque no me excitas, ¿comprendes? Necesito que se convierta en un juego, que sea nuestro juego.
—Es que siento que si hago todo eso tú vas a pensar que soy una golfa o algo así.
—¡Manuela por Dios! Que eres mi mujer. Deja de ser tan antigua, libérate, disfrutemos juntos de la vida, no quiero que se nos pase así… nos lo podemos pasar muy bien juntos, pero tienes que cambiar tu forma de pensar sobre el sexo. ¿Llevo razón Doctora?
—El deseo sexual es algo que tiene que ver con nuestro cerebro, no con nuestra vagina y nuestro pene. La palabra, la forma de comunicarnos y de expresar lo que necesitamos es lo único que produce un avance. Los dos os habéis esforzado, os habéis explicado, os habéis entendido. Manuela, la educación sexual que aprendiste de niña y adolescente te han llevado a que te reprimas y juzgues tus deseos. Es una cuestión de cambiar conceptos.
Los dos entendieron la importancia de cuidar el jardín que supone el mundo de la pareja, metafóricamente hablando. Ese jardín debe ser cuidado de forma meticulosa. En ese jardín hay hojas secas que quitar, plantas que mimar, tierra que labrar… si no somos capaces de cuidar lo que tenemos, todos estamos expuestos a que venga otro jardinero o jardinera a regar nuestro jardín.
— ¡No me irás a decir ahora que tienes doble personalidad y que no te enteras de cuándo actúas de una manera y cuándo de otra! ¿Pero tú es que me has visto cara de…? mira… me voy a callar!
Lucía era la madre de Pedro Luis. No podía comprender cómo era posible que su hijo, cuando entraba por la puerta de su casa, era un Pedro Luis agresivo, desafiante, engreído, chulesco e insolente y cuando volvía a cruzar la puerta para salir a la calle era un joven de 17 años adorable por todos.
La psicoterapeuta miró a Pedro Luis esperando una reacción ante la crítica de su madre. La sorpresa llegó cuando el joven contestó de la siguiente forma:
—Es que yo no me veo así mamá. Yo no creo ser lo que tú dices.
—¡Ah! ¿no? ¿ya estás mostrando tu cara buena ante la psicoterapeuta como haces con todo el mundo? A ver… ¿es que no es verdad que ya estamos hartos en casa de tu actitud? Mira Pedro Luis… desde que tenías 7 años que nació tu hermana que empezaste a ser un niño desobediente. Siempre hemos pensado que ha sido porque has estado celoso, pero es que ya tienes 17 años y esto no hay quien lo aguante.
La psicoterapeuta esperó paciente a que el joven respondiera a su madre, sin embargo, él permaneció en el más absoluto de los silencios. Se reclinó cómodamente en el asiento y sacó el móvil en actitud de indiferencia. Se había conectado a las redes sociales.
—¿Ve lo que le estaba diciendo? Así todo el día, o grita o nos ignora, como si de repente no existiéramos. Ni estudia, ni trabaja… ni piensa, lo que no se es cómo aprueba los exámenes.
—Pedro Luis, disculpa que interrumpa tus conversaciones tan interesantes por Facebook. ¿Te importaría apagar el móvil o silenciarlo, mirarme y contestar a una pregunta que voy hacerte?
El joven levantó la vista. Por un instante pensó que venía la escena típica de las películas de acción donde el policía se abalanza contra el joven y lo estampa contra la pared para ponerle las esposas. Pero no, no ocurrió eso. Silenció su móvil y con gesto de sorpresa se acercó con la silla a la mesa del despacho.
—Coloca, por favor, el móvil boca abajo—añadió la psicoterapeuta con calma— y ahora la pregunta es: ¿crees que estarías más cómodo si le pido a tu madre que espere en la sala de al lado mientras nosotros dos solos hablamos?
Pedro Luis abrió los ojos tremendamente sorprendido por la pregunta. Esperaba que la profesional realizara alguna crítica por haber tenido ese comportamiento de inadecuada educación. Sonrió y contestó:
—Gracias, pienso que estaré mejor si estamos solos.
La psicoterapeuta acompañó a la madre a la sala de espera explicándole que sería citada para otra terapia individual dónde le hablaría de lo que le estaba pasando a su hijo y le indicaría unas pautas. Entró de nuevo en el despacho. Se acomodó en el asiento, miró a Pedro Luis, se acercó mucho a su rostro y espaciando mucho las palabras le dijo:
—Ahora que estamos solos… explícame quién de los dos eres de verdad. ¿Pedro Luis el amable, bastante líder en clase, el que apoya a sus compañeros, el que cae bien a la mayoría y a las chicas las lleva locas o Pedro Luis el desagradable en casa, que deja todo tirado por la habitación, que espera a la mínima para meterse con su hermana, que trata a sus padres como si llevara odio en su interior y no estudia, pero aprueba?
—¿Cómo sabes eso de mí? Me refiero a lo de clase.
—Porque me informo. He llamado a tu tutor. Al parecer eres buen estudiante y cumples con tus responsabilidades. Como entenderás no cuadra una persona con otra.
—Mi madre me saca de quicio. Está siempre encima de mí. Cualquier cosa que hago está mal hecha para todos los de mi casa. Mi hermana es la lista. Lo que es, es una espabilada que con eso de que es pequeña… Yo no quiero ser así, de verdad, pero es entrar en mi casa y me agobio, como si estuviera maldita la casa esa.
—Al parecer llevas ya cinco días que llegas tarde a clase. ¿Qué ocurre por las mañanas al despertar?
—¿Al despertar? Que oigo una voz en mi cabeza que me dice lo bien que se está en la cama. Un 80% de esa voz, me dice que para qué… que no vale la pena… que puedo ir más tarde… se apodera de mí, te lo juro… como si unas manos enormes me sujetaran a la cama inmovilizándome y claro… no soy de piedra y me vuelvo a dormir.
—¿Y el otro 20% que te dice?
—Ja, ja… el otro 20% es la parte buena de la película. Es la que me dice: “Pedro Luis levántate, tío levántate… no hagas hablar a tu madre que te vas a quedar sin móvil… cumple con tus responsabilidades… venga… que tú puedes… pero nada. Claro, el otro número es mayor que este. Entonces oigo la voz de una persona poseída, mi madre, que si no tengo vergüenza, que soy un vago… que si mire usted… que… bueno, bueno… unos griteríos de buena mañana… yo no sé cómo los vecinos no nos denuncian.
—¿Y no te has planteado que no tiene sentido ese 80% que domina tu mente? Considero que un joven no tiene por qué tener es tipo de pensamientos ni por la mañana ni a ninguna hora. Si lo profesores te considera buen estudiante, tu comportamiento es adecuado, eres buen compañero y respetuosos en clase, deberías explicarme a que obedece que de un tiempo corto a esta parte estas faltando a clase, no quieres levantarte y cada vez eres más desordenado y más irrespetuoso con tus padres, al margen del comportamiento agresivo con tu hermana fruto de tus celos.
—¿Celos yo? Diagnóstico equivocado querida psicóloga. Yo no estoy celoso de nada.
—¿Qué son los celos para ti Pedro Luis?
El joven miró a la psicoterapeuta de una forma muy fija. No la miraba, sólo pensaba qué contestar.
— Los celos son sentimientos de rabia porque lo que yo pienso que me corresponde se lo dan a otro.
—¿Por ejemplo?
—El cariño, los mimos, los halagos, los besos, el sentirte escuchado, apoyado…
—Debo entender que tus padres han dejado de prestarte atención centrándose en tu hermana y a ti te ha dado por consumir drogas para alejarte de tu realidad y así no enfrentarte a ella, ¿es así?
—¡Madre de Dios! Pero tú qué pasa ¿que eres criminóloga, detective o algo así? Vale… es cierto que estoy fumando marihuana desde hace muy poco tiempo, pero no creo que me comporte así por eso… digo yo.
—Va a ser que sí. Analiza. Si antes controlabas tu actitud y ahora no, si cuando tus padres te decían que ordenaras la habitación lo hacías y ahora no, si antes te levantabas y ahora no, si tenías buena capacidad para concentrarte y ahora la tienes disminuida, si antes tenías ganas de luchar por algo y ahora no… tú me dirás Pedro Luis, tu comportamiento se debe al consumo. Y no me vengas diciendo que fumas poco, que solo es cuando sales de fiesta, que solo han sido unas caladas porque no me lo creo.
—¿Se lo vas a decir a mis padres?
—¿Es eso lo que te preocupa?
—Oyéndote me da la sensación de que soy un drogadicto.
—Un drogadicto es una persona adicta a las drogas. ¿Lo eres?
—Si no puedo pasar sin ellas es que soy adicto, ¿no? Si cuando salgo consumo marihuana y no se salir sin consumir es que soy adicto, ¿verdad? Pues entonces soy drogadicto, como el resto de mis amigos. ¿Y ahora qué? ¿Se lo vas a contar a mis padres o qué vas hacer conmigo?
—Yo no se lo voy a contar a tus padres, lo vas hacer tú mismo y delante de mí. Y si verdaderamente quieres ser algo en la vida, más te vale que vayas creciendo. Acepta tu realidad. No hace falta que te diga tu potencial porque sé que lo sabes. Se trata de enfrentarte a tu problema. Habla con tus padres, confiésales que tu comportamiento se debe a que consumes drogas y que quieres dejarlas, pídeles que te ayuden, expresa lo que sientes, comprométete, yo voy a estar contigo en este proceso.
El joven accedió a que pasaran sus padres y agachando la cabeza contó lo que le pasaba. Su padre se mantuvo en silencio mientras lo escuchaba. De los ojos de su madre salían lágrimas, pero no emitía sonido alguno.
Cuando el joven levantó la mirada para ver el rostro de sus padres, el silencio del padre y las lágrimas de su madre le sirvieron para entender que solo él era dueño de su decisión.
La psicoterapeuta esperó a Damián con la puerta abierta. Por el sonido de los pasos podía intuir el estado anímico de la persona que acudía a su consulta.
No se escuchaba nada. El silencio inundó la escalera. Parecía que no subía nadie. Y sin imaginarlo, surgió de la nada una sombra. Damián era un joven de 19 años, de pelo corto y alborotado. En sus orejas brillaban varios piercings de aros plateados. Sus modernas gafas ofrecían en su rostro un cierto toque de intelectualidad. Su mirada andaba entre tímida, preocupada, triste e insegura. En su mano derecha un folio enrollado a modo de pergamino.
—Buenas tardes Damián, por favor, puedes pasar al despacho. ¿En qué te puedo ayudar?
—Vengo destrozado, obsesionado… me cuesta entender cómo es posible que una persona que ya no está en mi vida ocupe tanto mi mente. Y no tengo forma de quitármela. Me dejó mi novia. Después de un año de relación. Ni tan siquiera sé el motivo. Sin más recibí, hace un mes y medio, un WhatsApp que decía que lo dejáramos, que ya no me quería, que no se había atrevido a decírmelo a la cara… y yo sin entender nada… ese fin de semana habíamos estado muy bien juntos…
—¿Cómo reaccionaste ante el mensaje?
—Me quede de piedra. La llamé, no lo cogió. Me empezó a entrar una ansiedad tremenda, palpitaciones, sudoraciones… no podía respirar bien. La veía en línea por WhatsApp y le escribí diciéndole que de qué iba, que por qué no me cogía el teléfono y que las cosas así no se hacían. Que yo merecía una explicación.
—¿Qué edad tiene esta chica Damián?
—18 años.
— ¿La has vuelto a ver?
—Sí, me refugié en mis amigos que me decían que no valía la pena estar así por una niñata. Que seguramente me dejó por otro y que tías así… cuanto más lejos mejor. Pero yo no puedo… yo no la veo niñata y me duele que me digan que se ha ido con otro. Yo no lo sé y no voy a juzgar algo que no he visto.
—¿Qué personalidad tienes? Me refiero a cómo te definirías.
—Soy una persona muy noble y sensible. Yo cuando quiero a alguien me desvivo por esa persona. Soy romántico y apasionado, pero también me gusta la soledad. Un buen escritor se enamora de la soledad.
—¿Escribes?
—Sí, escribo para calmar mi alma, para expresar lo que siento de la vida. Escribo cuando me siento incomprendido. De repente, sin yo querer… fluyen en mi cabeza miles de palabras que toman sentido rápidamente y cómo si mis dedos fueran guiados por los sentimientos, tal cual hilos de marioneta, plasmo lo que siento.
La psicoterapeuta observó que Damián había dejado encima de la mesa el folio en forma de pergamino que llevaba en las manos al entrar. Estiró su brazo y abrió la mano con la palma hacia arriba en posición de pedir.
—Me traes algo, ¿verdad? Sabes que es más fácil que te comprenda si entro en tu mente a través de tu escritura. ¿Me permites entonces que lo lea?
Damián deslió el folio con cuidado, repasó su escrito por encima como temeroso de no haberse expresado bien al escribir. Y tímidamente entregó lo más profundo que llevaba; su dolor.
La psicoterapeuta se colocó las gafas y leyó en voz alta:
“No queda nada, se ha roto el último plato, el vaso se rebasó hace tiempo. En el pecho, un vacío inmenso, una presión insalvable, una quemazón más propia del infierno que del interior de un pobre necio. En las manos, un tímido temblor y la sensación de no volver a tocar nada cierto. En la garganta un nudo que me ahoga y unas letras cruzadas que hacen que cada palabra que sale de mi boca sepa a ellas. En los ojos la amargura más sincera. En la cabeza un martillo, un látigo, un castigo, la soledad más acompañada, el gris más apático. Mi imaginación ahora es veneno, mis recuerdos el amigo que mientras te abraza te apuñala por la espalda; y también en mi cabeza, la sensación de no saber dejar de querer, de no llevar bien echar de menos y la añoranza de no poder dar las buenas noches, a lo que siempre fue un sueño”.
—No sabes cómo parar tu mente. No sabes por qué sigue en tu cabeza. No sabes por qué te dejó de querer. Pero sí sabes quién eres, cómo eres y lo que sientes… eres capaz de escribirlo. También sabes dónde ir cuando no puedes solucionar las cosas solo y en quién confiar tus secretos. ¿Qué es lo que fue dañado cuando ella te dejó? Porque yo veo a un joven con bastante seguridad para la edad que tienes. Veo a un joven que sabe de qué personas rodearse, a quién elegir para su vida. Veo a un joven con una filosofía de vida y unas ideas diferentes a la sociedad que se está formando en el presente. ¿Qué fue dañado?
Damián se quedó pensativo. Se tocaba las uñas como buscando una punta de donde tirar.
—¿Mi ego? ¡No!
—¿Tu ego no? Si aceptas que te haya dejado entonces no es tu ego. Hay personas que piensan que reúnen muchas condiciones para enamorarse de ellas y no entienden cómo es posible que dejen de quererlas. ¿Es esto lo que te puede estar pasando a ti?
—No. A mí no me pasa eso. Es que hay algo que no entiendo y es el por qué. ¿Es que no me ha querido?
—¿Quererte? Claro que te habrá querido. Seguramente ha sido un problema de falta de compromiso. Hay jóvenes que aun queriendo a alguien no quieren atarse a esa persona, necesitan volar y esto debes aceptarlo.
—Si… debe ser que no ha querido comprometerse del todo… pero el problema está en cómo me la quito de la mente. No hago más que mirar Facebook, Instagram… y eso me pone malo.
—No me extraña, te estas convirtiendo en un masoquista. Debes obligarte a no entrar en redes. Es una forma de envenenarte lentamente. Cuando nos dicen adiós y no nos lo esperamos, sufrimos un dolor emocional intenso porque a partir de ese momento debemos enfrentarnos a adaptarnos de nuevo a otro estilo de vida y echamos de menos lo que teníamos antes. Te enamoraste de una joven que ha formado parte de tu vida un tiempo. Posiblemente idealizaste la relación. Debes reconstruirte, centrarte en ti, limpiar emociones. No te culpes, cada uno decide qué hacer con su vida, ella decidió salir de la tuya, ten calma contigo mismo.
Damián siguió asistiendo a sus terapias para fortalecerse psicológicamente. Cada momento amargo que pasaba le hacían volcarse de una forma mágica en la escritura creando auténticos poemas de amor con sabor a metal.
Una tarde, cuando ya habían pasado los meses y Damián empezaba a encontrarse en su equilibrio emocional, recibió una llamada de la joven. Quería verlo, necesitaba hablar. ¿De qué? De nada. Él accedió. Se dejó llevar por el deseo más que por su mente y huyó de los consejos de sus buenos amigos que le indicaban que no fuera a verla, ya que después el dolor sería mayor.
Y aun sabiendo que el sabor amargo de aquel trago iba a perdurar, se dejó llevar hasta que su mente dejó de confundirse, sintiendo que aquellos besos eran el adiós más intenso que jamás había experimentado. No quiso ver que ella solo quería un “momento” de amor para después susurrarle entre sábanas que había conocido ya a otra persona.
Días después Damián acudió a la consulta con un nuevo pergamino en las manos. Unas notas escritas que ofrecían su alma al desnudo.
“Tengo la sensación de que voy a estar enamorado de ella toda la vida, y que ella, haga lo que haga y me trate como me trate, siempre tendrá mi indulto. Siento que me tiene maniatado del corazón a la cabeza. Me siento solo, vacío, un gilipolla, incompleto, incomprendido y a veces hasta despreciable. Soy el mayor idiota que ha pisado el mundo. Daría mi vida por una persona que prácticamente me usa de pasatiempo, como si fuese solo una herramienta para su entretenimiento. Solo alguien que le sube la moral y la cuida cada vez que ella lo necesita. Me siento un completo esclavo, un esclavo que va a morir cada día a las mismas cadenas, un esclavo que sangra lágrimas pero que se ha enamorado del látigo”.
A partir de este momento Damián retomó su realidad, volvió a centrarse en sus estudios, recuperó su autoestima… le sirvió el látigo del que se había enamorado, le sirvió para crecer. Siguió escribiendo como mecanismo contra el dolor y sus poemas avanzaban en el tiempo cambiando del sabor amargo a ese dulzor agradable que en muchas ocasiones aporta la vida.
Esa mañana, antes de ir al Instituto, Martina se encontró con su madre en la puerta de la habitación con los brazos en jarra y con cara de pocos amigos. La voz de su madre tenía un tono desagradable, estaba hasta las narices de tener que repetir y repetir a Martina todos los días lo mismo:
―¡Levántate, haz la cama, ventila la habitación, recoge tus cosas, dúchate, acuérdate de dejar lo que desayunes en la pila, ¿terminaste los deberes anoche? baja a por el pan para el almuerzo, ya estás tardando…!
¡Por Dios, todos los días lo mismo! y de fondo se oía la música de los chicos de One Direction mientras Martina ponía una de sus caras de «buf». Ella los llamaba “suspiros del alma”. Pero ese día era especial, Martina se miró fijamente en el espejo mientras se arreglaba y recordó al chico que la tarde anterior hizo que se le dilataran las pupilas y que su ritmo cardiaco se acelerara.
Alan era un joven de su clase, ya tonteaban desde el principio de curso y ya habían pasado dos meses desde que comenzó 2º de Bachiller. Mirada va, mirada viene. Hasta que la tarde famosa, Alan decidió decirle a Martina que le gustaba. Ella tímida y graciosa le contestó que sentía lo mismo y se besaron.
Mientras esa mañana Martina se miraba en el espejo, decidió cambiar. Se había besado con algunos chicos desde más jovencita, pero Alan era especial. Ahora tenía 17 años, a punto de cumplir sus 18. Sentía algo muy diferente que no sabía explicar. Fue la forma de tratarla, sus delicadas manos presionándole delicadamente sus mejillas y sus labios frescos, lo que le habían hecho sentir una emoción intensa. Para el cambio tenía que dejar de comportarse como esa criatura rebelde a la que su madre estaba gritándole continuamente y con razón. Verdaderamente era un desastre y ya no podía seguir así. Esa noche, empezó su plan: tomar consciencia y despedirse de la niña Martina para dar paso a Martina como mujer.
Justo cuando se gira para cerrar la ventana que había permanecido abierta para que se ventilara la habitación, tal cual había pedido su madre, aparece un búho de un tamaño no muy grande. Le llamó mucho la atención que a pesar de cerrar la ventana siguiera apoyado en la repisa. Martina volvió abrir las puertas, dejó entrar al búho en el habitáculo, cerró las ventanas para que no escapara y se sentó a contemplar la belleza de su plumaje.
Y de repente, en su mente, empezó a escuchar una voz. Fue algo impresionante, por lo menos así se quedó Martina: impresionada. No sabía si estaba iniciando un proceso de locura o que verdaderamente el búho hablaba.
―Me llamo Sabio, soy el encargado de hacer cumplir tu petición de cambio, yo soy tu guía. Martina empezó a pellizcarse para comprobar que estaba despierta, y sí lo estaba. Muy sorprendida se dejó llevar por la fantasía y decidió saber más sobre el animal y su magia.
―Si tú eres mi guía, también puedes saber cosas que me van a pasar.
―Es posible ―contestó Sabio.
―Bien, pues hace mucho tiempo que tengo una gran ilusión y me gustaría comprobar si tienes esa capacidad, ahí va la pregunta ¿voy a conocer alguna vez a los chicos de One Direction, mi grupo preferido?»
―Anda que tú también… vaya preguntita que me haces para ser la primera vez que nos conocemos, pero como dudas de mí hoy sólo te diré que conocerás a unas personas que te llevarán a conocerlos, ahora bien, tendrás que pasar una prueba: sólo los conocerás si empiezas cambiando toda tu habitación que ahora la tienes hecha un desastre porque no le haces caso a tu madre y te piensas que los demás están a tu entera disposición. Piensa que si no la arreglas tu madre siempre estará enfadada contigo y eso impedirá que conozcas a estas chicas que te llevarán a conocer a tu grupo preferido, ¿lo captas?
―Ok, Sabio, te he captado perfectamente, por lo tanto ¡manos a la obra!
―¿Por cierto Martina? ¿Qué edad tienes?
―¿Por qué me lo preguntas?
―Por la pregunta, la veo un poco infantil, pero también entiendo que teniendo tu edad no es lógico tener la habitación como la tienes… entonces comprendo que hagas esas preguntas. Cuando te responsabilices de tus cosas harás preguntas más inteligentes.
―Oye, pues tengo 17 años. Tampoco te creas que tener 17 años es estar en la cima de la madurez, espabilado.
―Mira la niña… que cuando quieres bien que hablas como una mayor.
De esta forma fue como Martina organizó, limpió, ordenó y perfumó su habitación, lo hizo pensando en con lógica. Ella había decidido cambiar y así empezó. Como también sabía que al cambiar ella su actitud empezaría a cambiar su vida.
La habitación había quedado como nunca. Impresionante fue el término que utilizo su madre al entrar. Ya la tenía ganada para poder ir esa tarde a ver un rato a Alan y también poder encontrarse con sus amigas.
La tarde era espléndida, hacía un sol de noviembre estupendo. Sobre las cinco de la tarde Martina se arregló de una forma especial para encontrarse con Alan. Todavía tenía en sus labios el sabor fresco del último beso. Agradeció en su interior que Alan no fumara y sonrió para sus adentros de una forma un tanto pícara. Al mirarse en el espejo comprobó que los pantalones le venían un tanto grandes, había adelgazado y eso a ella no le sentaba nada bien. La delgadez la volvía débil, insegura, poca cosa. Ella estaba acostumbrada a sus caderas, sus muslos formados y sus hombros redondeados, le gustaba hacer deporte. En un ataque de rabia contra la sociedad que no hace más que calentarle la cabeza con la imagen que hay que tener para ser bella, decidió salir en pijama, harta de tanto anuncio para conseguir gustarle a un chico, pensó en que no se iba ni a peinar. Pero una vez estuvo en la escalera, le entró un brote de sensatez y volvió a subir a su cuarto sonriente por la escena que había montado. Se apretó el vaquero para que no se le cayera, se puso su mejor y camisa y con aire desenfadado se lanzó a la calle, a la gran aventura, que después se transformaría en «la coincidencia».
Quedaron en un parque cercano a su casa. Sus miradas se cruzaron por un instante, hablaron con los ojos. Ella interpretó que él le decía lo guapísima que estaba y él interpretó que ella le decía que era feliz. Fueron al cine a ver la película «Los Miserables». Apenas se habían sentado, Alan le cogió la mano, luego la cara y luego la besó. Ella se dejó llevar hasta el final de la película. Y con un tono de broma le dijo: «anda, que pagar para besarnos…». Rieron juntos y Alan se despidió de ella acariciándole el pelo.
Buscando a sus amigas, que estaban en el teatro viendo «La Bella y la Bestia», Martina coincidió con una de ellas que iba acompañada de otra joven. Cuál fue su sorpresa, cuando su amiga le presentó a su compañera diciéndole:
―Martina, esta es mi prima Marta, su hermanastro va a tu clase y se llama Alan, ¿por casualidad lo conoces?
Martina se quedó estupefacta, no daba crédito a lo que estaba pasando. Ella no le había comentado a sus amigas los encuentros que estaba teniendo con Alan. Titubeando dijo:
―Sí, es un chaval formal que se sienta justo detrás de mí, no sabía que tenía una hermanastra que fuera tu prima!
―Ya ves ―contestó Marta― que alegría le voy a dar a mi hermanito cuando le cuente que he conocido a alguien de su clase y que encima piensa que es un chaval formal, ja, ja. ¿Formal mi hermanastro?
La mayor sorpresa surge cuando Marta le propone apuntarse a un concierto que van a dar próximamente los One Direction en la ciudad de al lado. Que su padre les lleva en coche y las trae, que también se encargarán de hablar con los suyos y que tienen un enchufe en los 40 principales para poder conseguir pases gratis y encima tener la oportunidad de verlos personalmente.
En ese instante, Martina recordó a «Sabio». Recordó lo que le había dicho que le sucedería. Volvía a no dar crédito a lo que le estaba sucediendo. ¿Qué pasaría después?
Aceptó encantada. Pero, ¿iría también Alan al concierto?
Martina continuó pensando en muchas cosas, acostada en la cama, tumbada boca arriba, en estado de asombro, con la mirada fija en la lámpara de colores que cuando tomó la comunión su abuela se empeñó en regalarle. Habían pasado los años y la lámpara seguía en el mismo sitio, pero su mente no. Tenía que tener el suficiente espacio en el cerebro para unos cuantos temas; el próximo examen de química, Alan tocándole el pelo en la despedida del último día y la escenita de la prima de su amiga que resultó ser la hermanastra de su escondido amor y cómo no… el concierto. ¡Horror! Debía cumplir fielmente con sus responsabilidades en casa si quería que sus padres le dejasen ir. Se le amontonaba la vida. Vaya lío y ella tirada en la cama. Había una voz en su mente que le decía: «levántate, levántate, ya está bien de hacer el vago, debes estudiar, debes preparar el examen de mañana, déjate de chorradas de amoríos y otras hierbas! Y otra voz que le atormentaba recordándole lo bien que se estaba en el sofá”. En un impulso sobrecogedor Martina saltó de su escondite y se incorporó apartándose el pelo de la frente con la intención de pensar con mayor claridad.
―¡Hola, ¿me recuerdas? ― El Sabio hacía acto de presencia de nuevo en la ventana. — Martina, se quedó observándolo al tiempo que le contaba de forma precipitada todas las aventuras del último día.
―Ya veo que te va pasando todo lo que te voy diciendo que te pasará, también veo que estás arreglando tu habitación y que acabas de pensar en ponerte a estudiar, cosa que ya deberías haber hecho hace días… en fin, lo importante es que ya hayas tomado consciencia de ello y te pongas manos a la obra, ahí sí que no te puedo decir las preguntas del examen.
Martina lo miró sorprendida y añadió:
―Pues yo creía que lo sabías todo y que hasta sabías las preguntas… ¿no será que sí las sabes y no me las quieres decir?
―Ja,ja, pues claro que las sé y es cierto: ¡no te las voy a decir y no insistas listilla! Bueno, que te decía que últimamente estás poniéndote en marcha, sobre todo porque a tu madre ya no se le oye gritar por los pasillos.
―¡Anda que no!, pues no la oirás tú, porque yo… yo sí que la oigo y no precisamente decirme cosas bonitas, pero tengo que reconocer que cuando me dice lo que me dice es porque tiene razón, pero te aseguro Sabio, que estoy en ello, vamos que si estoy…
―Bien Martina, hoy debo hablarte de algo importante para tu formación y tu cambio. Te voy a hablar de Los Valores. Atenta porque en la etapa de la adolescencia los jóvenes tenéis muchos cambios, hay chicos y chicas a las que se les notan más que otros, pero todos cambiáis, tanto física como mentalmente. Cambian tus puntos de vista, tu personalidad, tu carácter con los amigos, con la familia, con los estudios… tu cuerpo… ten en cuenta que la influencia de los amigos, de la televisión, de internet y de la misma sociedad produce alteraciones importantes porque esas influencias pueden ser negativas. Bien porque seas una ignorante y te lo creas todo o por falta de valores. Y aquí viene la lección de hoy, te voy hablar de los valores de la Amistad. En un grado mínimo puedes encontrar una amistad basada únicamente en compartir momentos de diversión, de ocio y en un grado alto, hablaríamos de compartirlo todo, problemas, historias… Para que una amistad puedas considerarla “amistad” debes tener en cuenta el sentido común, debes saber elegir a tus amistades. Debes tener flexibilidad, que es el ser amable y saber ponerte en el lugar del otro. Es importante la comunicación pero no por ello debes contarlo todo y debes respetar lo que te cuenten sabiendo guardar las confidencias, los amigos no murmuran, se ayudan. Y por último debes saber agradecer siempre. La palabra “gracias” unida a una bonita sonrisa te abrirá muchas puertas.
Martina estaba absorta, atenta, ilusionada con todo lo que Sabio le estaba enseñando y que ella iría poniendo en práctica.
Era una mañana de domingo, desde el último día en que Sabio le habló de la Amistad, no había sabido nada de él y estaba preocupada. Se sentía sola, chispeaba y un ligero toque gris reinaba en la ciudad entristeciéndola por completo. Un toque de romanticismo llenó su habitación. Martina había decidido dejar la ventana entre abierta para que pudiera volver Sabio a saludarla. Necesitaba saber más. Todavía estaba un tanto asustada de todo lo que le estaba pasando y lo que tenía bien claro era que Sabio le iba a proporcionar más detalles y disciplina sobre su nuevo estilo de vida.
Martina tenía una pregunta muy intrigante en su mente. ¿Qué era el Amor y cómo mantenerlo? Ella estaba enamorada de Alan, habían pasado muchas horas juntos desde el beso en el cine. Uno de los encuentros más alucinantes que había experimentado Martina con Alan fue cuando él la invitó al concierto de “Antonio Orozco”. Impresionante actuación, también era uno de los ídolos de Martina. Durante el concierto, Alan le cantaba al oído las letras de sus canciones mientras ella absorbía cada instante de la escena. Entre besos y caricias los jóvenes sellaron su amor y ahora Martina sólo quería saber qué podía hacer para que aquello no acabara nunca.
Apenas lo estaba pensando y como por arte de magia apareció Sabio asomando sus grandes ojos por la ventana.
―Querida Martina, ya veo en qué entretienes tu mente, pensando en tus amores, que no son pocos, porque te recuerdo que hace apenas unos meses estabas loca por ir a ver a los Auryn y ahora es Antonio Orozco y luego será… el caso es que el que tienes cerca se llama Alan, ¡ese sí que es de verdad! los demás son ídolos. Pero tú quieres saber qué es el Amor, ¿no?
―Bueno… la verdad es que esto del amor es algo intrigante, y más ahora que voy teniendo otra edad y pienso de forma diferente. Recuerdo que todo esto hace unos años me parecía la mayor chorrada del mundo, veía a mis amigas más mayores un tanto frikis… pero ahora que me ha tocado a mí… quisiera saber todas las estrategias posibles para que Alan siempre esté a mi lado.
El Sabio, mirando fijamente a Martina empezó su historia:
―Martina, es muy difícil saber amar, para aprender a amar, lo primero que debes saber es que debes quererte a ti misma, esto es lo que llamamos Autoestima. Si tú no te quieres, ni te aceptas, nadie lo hará. Amar, es comprender, apreciar, es ser fiel, querer, ocuparse de la otra persona, es estar pendiente del otro sin ataduras, sin agobios, sin recelos, es estar con alguien a quien realmente quieres y sientes y tiene que ser recíproco. La otra persona debe manifestar lo mismo por ti, el amor es más bonito así, queriendo y que te quieran. Para poder mantenerlo sólo debes entender que las personas no estamos todos los días igual, unos días tenemos humor, otros tenemos tristeza, otros indiferencia y otros problemas y todo ello hace que nos alteremos y lo más importante es saber escuchar y saber entender a la otra persona. Debes tener muchas cosas en común con tu chico, cosas que compartir, temas de qué hablar, pero sobre todo lo que más tienes que tener es «autoestima». Así es como se mantiene vivo el Amor. Los mayores enemigos del amor son los celos, el egoísmo y la incomprensión.
El amor es fabuloso, pero de la misma forma que llega, si no lo cuidas, se marcha, porque el amor no puede vivir en alguien que no recibe nada a cambio y cuando esto sucede busca otros brazos donde poder estar.
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