LOS CAMBIOS DE MARTINA | La Decisión (Cap. 1)

Esa mañana, antes de ir al Instituto, Martina se encontró con su madre en la puerta de la habitación con los brazos en jarra y con cara de pocos amigos. La voz de su madre tenía un tono desagradable, estaba hasta las narices de tener que repetir y repetir a Martina todos los días lo mismo:

―¡Levántate, haz la cama, ventila la habitación, recoge tus cosas, dúchate, acuérdate de dejar lo que desayunes en la pila, ¿terminaste los deberes anoche? baja a por el pan para el almuerzo, ya estás tardando…!

¡Por Dios, todos los días lo mismo! y de fondo se oía la música de los chicos de One Direction mientras Martina ponía una de sus caras de «buf». Ella los llamaba “suspiros del alma”. Pero ese día era especial, Martina se miró fijamente en el espejo mientras se arreglaba y recordó al chico que la tarde anterior hizo que se le dilataran las pupilas y que su ritmo cardiaco se acelerara.

Alan era un joven de su clase, ya tonteaban desde el principio de curso y ya habían pasado dos meses desde que comenzó 2º de Bachiller. Mirada va, mirada viene. Hasta que la tarde famosa, Alan decidió decirle a Martina que le gustaba. Ella tímida y graciosa le contestó que sentía lo mismo y se besaron.

Mientras esa mañana Martina se miraba en el espejo, decidió cambiar. Se había besado con algunos chicos desde más jovencita, pero Alan era especial. Ahora tenía 17 años, a punto de cumplir sus 18. Sentía algo muy diferente que no sabía explicar. Fue la forma de tratarla, sus delicadas manos presionándole delicadamente sus mejillas y sus labios frescos, lo que le habían hecho sentir una emoción intensa.  Para el cambio tenía que dejar de comportarse como esa criatura rebelde  a la que su madre estaba gritándole continuamente y con razón. Verdaderamente era un desastre y ya no podía seguir así. Esa noche, empezó su plan: tomar consciencia y despedirse de la niña Martina para dar paso a Martina como mujer.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | El búho sabio (Cap. 2)

Justo cuando se gira para cerrar la ventana que había permanecido abierta para que se ventilara la habitación, tal cual había pedido su madre, aparece un búho de un tamaño no muy grande. Le llamó mucho la atención que a pesar de cerrar la ventana siguiera apoyado en la repisa. Martina volvió abrir las puertas, dejó entrar al búho en el habitáculo, cerró las ventanas para que no escapara y se sentó a contemplar la belleza de su plumaje.

Y de repente, en su mente, empezó a escuchar una voz. Fue algo impresionante, por lo menos así se quedó Martina: impresionada. No sabía si estaba iniciando un proceso de locura o que verdaderamente el búho hablaba.

―Me llamo Sabio, soy el encargado de hacer cumplir tu petición de cambio, yo soy tu guía. Martina empezó a pellizcarse para comprobar que estaba despierta, y sí lo estaba. Muy sorprendida se dejó llevar por la fantasía y decidió saber más sobre el animal y su magia.

―Si tú eres mi guía, también puedes saber cosas que me van a pasar.

―Es posible ―contestó Sabio.

―Bien, pues hace mucho tiempo que tengo una gran ilusión y me gustaría comprobar si tienes esa capacidad, ahí va la pregunta ¿voy a conocer alguna vez a los chicos de One Direction, mi grupo preferido?»

―Anda que tú también… vaya preguntita que me haces para ser la primera vez que nos conocemos, pero como dudas de mí hoy sólo te diré que conocerás a unas personas que te llevarán a conocerlos, ahora bien, tendrás que pasar una prueba: sólo los conocerás si empiezas cambiando toda tu habitación que ahora la tienes hecha un desastre porque no le haces caso a tu madre y te piensas que los demás están a tu entera disposición. Piensa que si no la arreglas tu madre siempre estará enfadada contigo y eso impedirá que conozcas a estas chicas que te llevarán a conocer a tu grupo preferido, ¿lo captas?

―Ok, Sabio, te he captado perfectamente, por lo tanto ¡manos a la obra!

―¿Por cierto Martina? ¿Qué edad tienes?

―¿Por qué me lo preguntas?

―Por la pregunta, la veo un poco infantil, pero también entiendo que teniendo tu edad no es lógico tener la habitación como la tienes… entonces comprendo que hagas esas preguntas. Cuando te responsabilices de tus cosas harás preguntas más inteligentes.

―Oye, pues tengo 17 años. Tampoco te creas que tener 17 años es estar en la cima de la madurez, espabilado.

―Mira la niña… que cuando quieres bien que hablas como una mayor.

De esta forma fue como Martina organizó, limpió, ordenó y perfumó su habitación, lo hizo pensando en con lógica. Ella había decidido cambiar y así empezó. Como también sabía que al cambiar ella su actitud empezaría a cambiar su vida.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | La coincidencia (Cap. 3)

La habitación había quedado como nunca. Impresionante fue el término que utilizo su madre al entrar. Ya la tenía ganada para poder ir esa tarde a ver un rato a Alan y también poder encontrarse con sus amigas.

La tarde era espléndida, hacía un sol de noviembre estupendo. Sobre las cinco de la tarde Martina se arregló de una forma especial para encontrarse con Alan. Todavía tenía en sus labios el sabor fresco del último beso. Agradeció en su interior que Alan no fumara y sonrió para sus adentros de una forma un tanto pícara. Al mirarse en el espejo comprobó que los pantalones le venían un tanto grandes, había adelgazado y eso a ella no le sentaba nada bien. La delgadez la volvía débil, insegura, poca cosa. Ella estaba acostumbrada a sus caderas, sus muslos formados y sus hombros redondeados, le gustaba hacer deporte. En un ataque de rabia contra la sociedad que no hace más que calentarle la cabeza con la imagen que hay que tener para ser bella, decidió salir en pijama, harta de tanto anuncio para conseguir gustarle a un chico, pensó en que no se iba ni a peinar. Pero una vez estuvo en la escalera, le entró un brote de sensatez y volvió a subir a su cuarto sonriente por la escena que había montado. Se apretó el vaquero para que no se le cayera, se puso su mejor y camisa y con aire desenfadado se lanzó a la calle, a la gran aventura, que después se transformaría en «la coincidencia».

Quedaron en un parque cercano a su casa. Sus miradas se cruzaron por un instante, hablaron con los ojos. Ella interpretó que él le decía lo guapísima que estaba y él interpretó que ella le decía que era feliz. Fueron al cine a ver la película «Los Miserables». Apenas se habían sentado, Alan le cogió la mano, luego la cara y luego la besó. Ella se dejó llevar hasta el final de la película. Y con un tono de broma le dijo: «anda, que pagar para besarnos…». Rieron juntos y Alan se despidió de ella acariciándole el pelo.

Buscando a sus amigas, que estaban en el teatro viendo «La Bella y la Bestia», Martina coincidió con una de ellas que iba acompañada de otra joven. Cuál fue su sorpresa, cuando su amiga le presentó a su compañera diciéndole:

―Martina, esta es mi prima Marta, su hermanastro va a tu clase y se llama Alan, ¿por casualidad lo conoces?

Martina se quedó estupefacta, no daba crédito a lo que estaba pasando. Ella no le había comentado a sus amigas los encuentros que estaba teniendo con Alan. Titubeando dijo:

―Sí, es un chaval formal que se sienta justo detrás de mí, no sabía que tenía una hermanastra que fuera tu prima!

―Ya ves ―contestó Marta― que alegría le voy a dar a mi hermanito cuando le cuente que he conocido a alguien de su clase y que encima piensa que es un chaval formal, ja, ja. ¿Formal mi hermanastro?

La mayor sorpresa surge cuando Marta le propone apuntarse a un concierto que van a dar próximamente los One Direction en la ciudad de al lado. Que su padre les lleva en coche y las trae, que también se encargarán de hablar con los suyos y que tienen un enchufe en los 40 principales para poder conseguir pases gratis y encima tener la oportunidad de verlos personalmente.

En ese instante, Martina recordó a «Sabio». Recordó lo que le había dicho que le sucedería. Volvía a no dar crédito a lo que le estaba sucediendo. ¿Qué pasaría después?

Aceptó encantada. Pero, ¿iría también Alan al concierto?

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Aprendiendo valores (Cap. 4)

Martina continuó pensando en muchas cosas, acostada en la cama, tumbada boca arriba, en estado de asombro, con la mirada fija en la lámpara de colores que cuando tomó la comunión su abuela se empeñó en regalarle. Habían pasado los años y la lámpara seguía en el mismo sitio, pero su mente no. Tenía que tener el suficiente espacio en el cerebro para unos cuantos temas; el próximo examen de química,  Alan tocándole el pelo en la despedida del último día y la escenita de la prima de su amiga que resultó ser la hermanastra de su escondido amor y cómo no… el concierto. ¡Horror! Debía cumplir fielmente con sus responsabilidades en casa si quería que sus padres le dejasen ir. Se le amontonaba la vida. Vaya lío y ella tirada en la cama. Había una voz en su mente que le decía: «levántate, levántate, ya está bien de hacer el vago, debes estudiar, debes preparar el examen de mañana, déjate de chorradas de amoríos y otras hierbas! Y otra voz que le atormentaba  recordándole lo bien que se estaba en el sofá”. En un impulso sobrecogedor Martina saltó de su escondite y se incorporó apartándose el pelo de la frente con la intención de pensar con mayor claridad.

―¡Hola, ¿me recuerdas? ― El Sabio hacía acto de presencia de nuevo en la ventana. — Martina, se quedó observándolo al tiempo que le contaba de forma precipitada todas las aventuras del último día.

―Ya veo que te va pasando todo lo que te voy diciendo que te pasará, también veo que estás arreglando tu habitación y que acabas de pensar en ponerte a estudiar, cosa que ya deberías haber hecho hace días… en fin, lo importante es que ya hayas tomado consciencia de ello y te pongas manos a la obra, ahí sí que no te puedo decir las preguntas del examen.

Martina lo miró sorprendida y añadió:

―Pues yo creía que lo sabías todo y que hasta sabías las preguntas… ¿no será que sí las sabes y no me las quieres decir?

―Ja,ja, pues claro que las sé y es cierto: ¡no te las voy a decir y no insistas listilla! Bueno, que te decía que últimamente estás poniéndote en marcha, sobre todo porque a tu madre ya no se le oye gritar por los pasillos.

―¡Anda que no!, pues no la oirás tú, porque yo… yo sí que la oigo y no precisamente decirme cosas bonitas, pero tengo que reconocer que cuando me dice lo que me dice es porque tiene razón, pero te aseguro Sabio, que estoy en ello, vamos que si estoy…

―Bien Martina, hoy debo hablarte de algo importante para tu formación y tu cambio. Te voy a hablar de Los Valores. Atenta porque en la etapa de la adolescencia los jóvenes tenéis muchos cambios, hay chicos y chicas a las que se les notan más que otros, pero todos cambiáis, tanto física como mentalmente. Cambian tus puntos de vista, tu personalidad, tu carácter con los amigos, con la familia, con los estudios… tu cuerpo… ten en cuenta que la influencia de los amigos, de la televisión, de internet y de la misma sociedad produce alteraciones importantes porque esas influencias pueden ser negativas. Bien porque seas una ignorante y te lo creas todo o por falta de valores. Y aquí viene la lección de hoy, te voy hablar de los valores de la Amistad. En un grado mínimo puedes encontrar una amistad basada únicamente en compartir momentos de diversión, de ocio y en un grado alto, hablaríamos de compartirlo todo, problemas, historias…  Para que una amistad puedas considerarla “amistad” debes tener en cuenta el sentido común, debes saber elegir a tus amistades. Debes tener flexibilidad, que es el ser amable y saber ponerte en el lugar del otro. Es importante la comunicación pero no por ello debes contarlo todo y debes respetar lo que te cuenten sabiendo guardar las confidencias, los amigos no murmuran, se ayudan. Y por último debes saber agradecer siempre. La palabra “gracias” unida a una bonita sonrisa te abrirá muchas puertas.

Martina estaba absorta, atenta, ilusionada con todo lo que Sabio le estaba enseñando y que ella iría poniendo en práctica.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Hablemos de amor (Cap. 5)

Era una mañana de domingo, desde el último día en que Sabio le habló de la Amistad, no había sabido nada de él y estaba preocupada. Se sentía sola, chispeaba y un ligero toque gris reinaba en la ciudad entristeciéndola por completo. Un toque de romanticismo llenó su habitación. Martina había decidido dejar la ventana entre abierta para que pudiera volver Sabio a saludarla. Necesitaba saber más. Todavía estaba un tanto asustada de todo lo que le estaba pasando y lo que tenía bien claro era que Sabio le iba a proporcionar más detalles y disciplina sobre su nuevo estilo de vida.

Martina tenía una pregunta muy intrigante en su mente. ¿Qué era el Amor y cómo mantenerlo? Ella estaba enamorada de Alan, habían pasado muchas horas juntos desde el beso en el cine. Uno de los encuentros más alucinantes que había experimentado Martina con Alan fue cuando él la invitó al concierto de “Antonio Orozco”. Impresionante actuación, también era uno de los ídolos de Martina. Durante el concierto, Alan le cantaba al oído las letras de sus canciones mientras ella absorbía cada instante de la escena. Entre besos y caricias los jóvenes sellaron su amor y ahora Martina sólo quería saber qué podía hacer para que aquello no acabara nunca.

Apenas lo estaba pensando y como por arte de magia apareció Sabio asomando sus grandes ojos por la ventana.

―Querida Martina, ya veo en qué entretienes tu mente, pensando en tus amores, que no son pocos, porque te recuerdo que hace apenas unos meses estabas loca por ir a ver a los Auryn y ahora es Antonio Orozco y luego será… el caso es que el que tienes cerca se llama Alan, ¡ese sí que es de verdad! los demás son ídolos. Pero tú quieres saber qué es el Amor, ¿no?

―Bueno… la verdad es que esto del amor es algo intrigante, y más ahora que voy teniendo otra edad y pienso de forma diferente. Recuerdo que todo esto hace unos años me parecía la mayor chorrada del mundo, veía a mis amigas más mayores un tanto frikis… pero ahora que me ha tocado a mí… quisiera saber todas las estrategias posibles para que Alan siempre esté a mi lado.

El Sabio, mirando fijamente a Martina empezó su historia:

―Martina, es muy difícil saber amar, para aprender a amar, lo primero que debes saber es que debes quererte a ti misma, esto es lo que llamamos Autoestima. Si tú no te quieres, ni te aceptas, nadie lo hará. Amar, es comprender, apreciar, es ser fiel, querer, ocuparse de la otra persona, es estar pendiente del otro sin ataduras, sin agobios, sin recelos, es estar con alguien a quien realmente quieres y sientes y tiene que ser recíproco. La otra persona debe manifestar lo mismo por ti, el amor es más bonito así, queriendo y que te quieran. Para poder mantenerlo sólo debes entender que las personas no estamos todos los días igual, unos días tenemos humor, otros tenemos tristeza, otros indiferencia y otros problemas y todo ello hace que nos alteremos y lo más importante es saber escuchar y saber entender a la otra persona. Debes tener muchas cosas en común con tu chico, cosas que compartir, temas de qué hablar, pero sobre todo lo que más tienes que tener es «autoestima». Así es como se mantiene vivo el Amor. Los mayores enemigos del amor son los celos, el egoísmo y la incomprensión.

El amor es fabuloso, pero de la misma forma que llega, si no lo cuidas, se marcha, porque el amor no puede vivir en alguien que no recibe nada a cambio y cuando esto sucede busca otros brazos donde poder estar.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Sentimientos (Cap. 6)

Martina no podía imaginarse que se podía sentir tanto dolor con el amor. Su primera discusión, sus primeras lágrimas, su primer frío. Esa mañana Alan le había puesto un whatsapp diciéndole que se verían sobre las 8 de la tarde en el parque, como tantas tardes hacían.

Se le había olvidado totalmente realizar los deberes de física. Encima, en tres días tenía un examen. Cuando llegó a casa por la tarde, antes de quedar con Alan, su madre había montado en cólera:

―¿Pero no pensarás salir sin haber terminado los deberes, no? ¿Dónde vas tan arreglada? ¡No sales! ¡Castigada para el resto de la semana!

Martina miraba a su madre con los ojos muy abiertos mientras pensaba: ¡Por Dios y encima hoy es miércoles!

―Mamá, por favor, te lo juro, los hago en cuanto vuelva, por favor, por favor…

―Pero… ¿dónde vas a toda prisa? Esto no me está gustando nada. Últimamente te veo un poco rara, ¿no te habrás enamorado, ¿verdad?, o peor aún, ¿no te estarás drogando , no?

―Mamaaaá, por favor… ¿enamorarme yo?, ¿drogas yo? Cogió sus cosas y salió corriendo de su casa. Menos mal que su madre accedió a que en cuanto volviese haría los deberes y repasaría el tema del examen de física.

Alan la estaba esperando tal cual habían quedado. Martina llegaba muy nerviosa.

―Vaya careto traes ―le dijo Alan sorprendido por su apariencia.

—La verdad es que he tenido una movida para salir que no veas, mi madre casi me mata, se me ha pasado totalmente el hacer los deberes de física y encima teniendo el examen–.

Alan la miró extrañado porque sabía que Martina era muy estudiosa, que nunca había sacado un suspenso y no quería que por su culpa tuviera problemas en su casa.

―No me gusta que vengas a verme si no has terminado los deberes y has estudiado, que luego me da mal rollo pensando que te van a echar la bronca por mi culpa. Yo los míos los tengo más que hechos y no te los voy a dejar porque te dije que así no me gustan las cosas. Debes comprometerte con tus temas y yo con los míos. ¿Les has dicho a tus padres que salimos?

―Ni pensarlo, tu qué quieres que me maten por las dos partes ¿o qué? Si le digo a mis padres que tengo novio se acabó la historia porque me consideran muy joven y para ellos el amor es perder el tiempo a nuestra edad porque quieren que estudie, mis padres son así.

―Entonces muy poco te tengo que importar si no les dices que me quieres. Martina, hay que luchar por las cosas de la vida, por aquellas que nos importan. Comprométete con tus responsabilidades y así podrás decirles que salimos. Para mí esto va muy en serio. Dentro de nada tenemos que elegir a qué universidad queremos ir o qué queremos hacer y no me quiero jugar mi futuro. Sé que te extraña mi madurez pero también es lo que me imagino que ha hecho que te enamores de mí.

Martina rompió a llorar, sentía que Alan estaba enfadado con ella. Un frío le recorrió la espalda. Era su primera discusión, sintió que él se preocupaba por ella, sintió quererlo de verdad. Se había comportado como una niñata y al escucharlo sintió vergüenza porque ella no tenía las cosas tan claras como él.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Aviso por destino (Cap. 7)

―¡Cómo te vea que te subes a la moto de alguien, te pego una colleja que te enteras! ―explosionó su madre, atemorizada de que Martina hiciera de nuevo una de las suyas.

Su madre sabía perfectamente que su hija era muy impulsiva y que con ese impulso se dejaba llevar por todo aquello que tuviera como nombre: «velocidad». En alguna ocasión Martina se había subido a la moto de su amiga María para dar una pequeña vuelta con tan mala suerte o buena suerte, según se mire, que su madre la había pillado.

―-Pero mamá… soy una buena chica…

―¡Eso lo dirás por la cara que tienes, que no tienes ni vergüenza, ni la conoces… pero Martina, espero que te quede bien clarito! Como te vea subir a una moto se te cae el pelo, ya me encargaré yo junto con tu padre de raparte la cabeza, ¡espero no tener que repetírtelo!

Martina agachó la cabeza de nuevo entre sus libros. De repente al mirar sobre la ventana vio a Sabio llegar. El pájaro se posó sobre uno de sus libros y empezó a hablarle:

―Martina, deberías hacerle caso a tu madre. Ya que ella solo quiere que tú seas feliz y que no te estrelles por ahí. A tu edad se es un tanto inconsciente y es posible que te pueda pasar algo por ser imprudente. Sólo he venido para avisarte, dentro de poco sabrás que no soy el único que piensa así.

Martina se quedó callada durante un largo periodo de tiempo. En realidad se asustó. Por un lado su madre «no te subas a una moto», ahora llega Sabio y le aconseja también que no lo haga. ¿Qué estaría pasando?

Su gran sorpresa fue cuando llegó esa tarde a ver a Alan. Una moto radiante la esperaba en la esquina de casa y junto a ella su novio. Se lanzó a sus brazos como una colegiala. Alan no se negó a sus besos.

―¿Pero cuándo te has comprado esta moto tan guapa?

―Te tenía reservada la sorpresa, pero sólo para que la vieras, porque te recuerdo que tus padres no te dejan subir. Me la han regalado mis padres por mi cumpleaños. Yo es que me curro que me regalen estas cosas ¿sabes? Soy un buen hijo.

El tono de Alan era divertido y vacilón. Martina aprovechó la ocasión para convencerlo.

―Pero Alan… por favor… sólo una vuelta… por fa…

Alan se le quedó mirando fijamente a los ojos y cogiéndole la cara entre sus manos le dijo: ―Martina, mi cielo, no voy a permitir que subas sin el consentimiento de tus padres, te quiero tanto que no quisiera perderte y si tus padres se enteran nunca me lo perdonarán. Debes entenderlo. Martina le devolvió la mirada con lágrimas en los ojos, mientras agachaba la cabeza con gesto de resignación mientras pensaba: ahora comprendo lo que Sabio me quiso decir.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Martina y su mal humor (Cap. 8)

―¡Estoy equivocada! No debería hablarle así a mi madre y encima ni tan siquiera le pido perdón, me estoy convirtiendo en una mala persona.

Martina se levantaba todos los días igual. Estos pensamientos se repetían de forma continuada, y no podía hacer nada con estas ideas. Ella sólo veía que le gritaba a su madre, no le hacía caso y le hablaba mal. A veces le pedía perdón, pero eso no era suficiente porque lo importante era que ese comportamiento fuera distinto.

―Por favor Sabio, te necesito, ¡esto no hay quien lo aguante!

Pero Sabio no aparecía. Hacía días que no sabía nada de él, en realidad semanas.

Se asomó a la ventana para ver si lo veía por algún árbol y de repente escuchó una voz en el interior de la habitación:

―Tienes que volver a la realidad, tiene que llegar el momento en el que esa venda que te tapa los ojos se caiga. Tienes un problema que te está afectando y te voy a preguntar unas cosillas para poder aconsejarte mejor, ¿vale?

Martina se quedó perpleja. Sabio estaba encima del armario, como si hiciera tiempo que permanecía allí.

―Esta bien, pregunta.

―Bueno, ¿desde cuando tienes tan mala gaita?

―Desde hace dos semanas.

―¿Estas durmiendo bien?

―No, por las cosas que me pasan. Creo que me van a suspender casi todas porque no me gusta lo que estoy estudiando y encima con Alan estoy fatal. Es que no me deja ni subir en su moto porque dice que como mis padres no me dejan que él tampoco. Eso me pasa por salir con un chico maduro, pero guapo, ¡claro! y si quieres saber más todavía te diré que también tengo problemas conmigo misma, soy de una manera que no me gusta nada.

―-¿Qué es lo que no te gusta nada de ti?–

― Mi mal humor, que no sé cómo controlarlo y encima me revienta tener que pagarlo con mi madre.–

-―¿Es con la única persona con quien lo pagas?

―Sí.

―Pues no es justo. Encima que tu madre está por ti. Encima que te pasa algunas cosas que si yo fuera tu padre no veas lo que habría hecho ya contigo.

―Qué me habrías hecho?

―Pues castigarte y enfadarme porque no te veo que estés haciendo esfuerzos. Te dedicas el día a pensar en tu novio y no te organizas y para colmo cuando tu madre te despierta por la mañana, aspecto que no debería ser así porque tienes edad de despertarte sola, encima coges y le gritas. Muy mal, vamos… fatal.

―Vale Sabio, ya te tengo a ti para que me eches la bronca, no me hace falta que venga mi madre a reñirme que ya estás tú.

―Mira, lo primero que tienes que hacer para calmar tu mal humor es reconocer que estas equivocada y eso ya lo has hecho. Después hablar con tu madre y pedirle perdón, dile lo que te está pasando y sincérate con ella y tercero, empieza a corregir tu error porque para eso tienes tu inteligencia. Cuando te levantes por la mañana piensa «debo tratar a los demás como quiero que me traten a mí». ¿Crees que lo puedes conseguir?

—Sí, tampoco es tan difícil. Es decir, que me organice, que me controle, que sea amable, que haga un esfuerzo y que hable con mi madres sobre los estudios para ver este año que viene que voy hacer con mi vida.

Veo que lo has captado perfectamente.

―Lo voy hacer ahora mismo. Gracias Sabio. ¡Qué suerte tengo de tenerte!

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Mentiras con consecuencias (Cap. 9)

Martina despertó en el hospital. No daba crédito a que su pierna estuviera escayolada. Cuando giró la vista allí estaban sus padres y a su lado a las tres mejores amigas que tenía. Faltaba Alan. Hacía un año que a Claudia le había pasado lo mismo que a Martina. Había tenido un accidente de moto. Allí estaban todas para apoyarla en lo que necesitara. Principalmente para que su madre no terminara de matarla. Había cometido un grave error. Le prometió a su madre que no se subiría en la moto. Sin embargo, se empeñó y se empeñó hasta que convenció a Alan una tarde para dar sólo una vuelta pequeña despacito.

Alan se encontraba en la habitación de al lado. Había salido peor parado. Estaba inconsciente. Todo había ocurrido muy rápido. En la primera rotonda alguien no cedió el paso y se los llevó por delante. A penas  habían pasado cinco minutos y apareció la desdicha.

El hermano de Alan apareció en escena, acababa de salir de la habitación de su hermano que empezaba a despertar. Los médicos les habían comunicado que todo iría bien, que simplemente tenía una conmoción y que no se había roto nada, que era cuestión de un poco de tiempo y que había sido más un susto que otra cosa. En realidad no había sido culpa de ellos. Sin embargo lo importante es que Martina había desobedecido y ahora Alan quedaba como un inconsciente ante los padres de ella.

―¿Dónde está Alan?, por favor… ¿dónde está?

―Tranquilízate. Alan está bien.

La voz de su madre calmó a Martina.

―¿Por qué has hecho esto Martina? ¿Qué pretendes…matarnos a disgustos?

El padre miró a la madre como indicándole que callara que no era el momento.

―Hablaremos en casa Martina. No pienses que esto se va a quedar así. Sólo agradezco que no te haya pasado nada, que estés viva…pero hija…sé que no ha sido culpa vuestra… no podría soportarlo Martina…no debes engañarme nunca más.

―Mamá, estoy avergonzada. A veces pienso que con todo lo que creo que soy, no soy nada. Alan no tuvo nada que ver. Yo me empeñé en ir en moto y no paré hasta convencerlo.

­―No lo excuses que él también es culpable. Porque tenía que haberte dicho que no y no lo hizo. Sólo con que se hubiera negado ahora no estaríais aquí y da gracias a que al chico tampoco le ha pasado gran cosa.

Las lágrimas de Martina daban muestras de su estado. No podía parar de llorar. El arrepentimiento cada vez era mayor. Se sumergió en un dolor profundo y se mantuvo en silencio durante un largo rato.

Cuando llegaron a casa y se tumbó en la cama se puso a pensar: «No puedo más. Sabio por Dios háblame. Te necesito. No me dejes sola en estos momentos»

Sabio apareció por la ventana que Martina había dejado abierta por si venía a visitarla.

―De todo se aprende Martina. Como puedes ver esto es simplemente un aviso y una oportunidad en la vida para que veas que puedes cambiar. Sé que has cambiado mucho pero que estás en ello. El pobre Alan se ha pegado un susto de muerte y me imagino que tú también. Ahora es cuestión de un tiempo con la escayola. Vamos a ver si eres capaz de ser una buena paciente y no discutir con los de tu casa. Cuando tengas que pedir que te traigan algo hazlo con un «por favor» por delante y detrás un «gracias» que parece que se te olvida que forma parte de la educación.

―¿No tienes nada más que decirme?

―De momento creo que tienes bastante. Te voy a dejar reflexionar sobre tu inconsciencia y mañana hablaremos más profundamente.

LOS CAMBIOS DE MARTINA | Qué quiero conseguir (Cap. 10)

Salir de su jaula era el objetivo de Martina. Hacía ya un par de meses que se sentía desorganizada y abandonada a su suerte ante los terribles exámenes que la acechaban cada semana. Los libros por los suelos, el ordenador sin batería y no sabía dónde había dejado el cargador, los bolígrafos tirados por la mesa. Y encima de cama… tirada estaba Martina. Sus manos cubrían su cara como gesto de desesperación. Todo era un caos.

A los pocos minutos entraba en su cuarto su madre. Sus ojos permanecieron abiertos durante unos segundos expresando un susto tremendo ante la situación de desolación y de alboroto que presentaba el cuarto y al mismo tiempo su hija.

―¡Martina, por Dios! ¿Qué está pasando aquí? ¿Cómo es posible que puedas estudiar con todo este lío? Voy a cerrar la puerta y en treinta minutos la voy a volver a abrir como si esto nunca hubiera ocurrido. Más te vale que esté todo en orden. Y empiezo a contar ¡ya! uno, dos, tres…

Su madre cerró la puerta suavemente, pero Martina sabía que si la volvía a abrir y no veía todo en orden no la volvería a cerrar tan suave.

De golpe Martina saltó de la cama. Se puso música y empezó a recoger sus libros y todo lo que estaba tirado a su alrededor. Parecía que en sus manos había magia. Un par de minutos después de trascurridos los treinta, apareció su madre por la puerta. La abrió muy lentamente y… ¡sorpresa! No podía dar crédito a lo que estaba viendo, todo perfectamente recogido y a Martina sentada en su silla de estudio intentado concentrarse. En el fondo Martina se había pegado un atracón de velocidad y estaba intentando disimular ante los libros, haciendo como que estudiaba. Sin embargo, su mente estaba en otro lado. Su máxima preocupación era ¿qué quería conseguir en esta vida? ¿hacia dónde iba a canalizar su futuro? ¿qué quería estudiar, qué profesión?

Se dio cuenta de que al tener su habitación totalmente organizada su mente empezaba a organizarse también. Entre tanto pensamiento sonó su móvil. Era Alan.

―¿Qué haces?

―Pues ya ves… aquí, metida en mi jaula. Estoy como loca. Acabo de pegarme la paliza del siglo. Lo tenía todo tirado por la habitación, incluido mi cerebro, hasta que ha llegado mi madre. No le ha dado tiempo ni a echarme la bronca. No sé qué le pasa, parece que vaya a un psicólogo que le asesora como debe comportarse conmigo porque… macho, ha dado resultado. Coge, entra y me dice que me da 30 minutos para que arregle la habitación y que va hacer como que no ha visto nada. Esto en otra ocasión hubiera sido un guantazo y sin salir el fin de semana. No veas de la que me he librado.

―Martina, tranquilízate. Si tu madre va a un psicólogo me alegro porque por lo menos se van aclarando las cosas en tu casa. Y sobre tenerlo todo tirado por ahí… no sé, tú misma. ¿Quién decía eso de que tal cual está la habitación de una persona así tiene la cabeza?

―¡Qué fuerte! Si hombre, ahora échame tú el sermón. No me lo echa mi madre y va y me lo sueltas tú. ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Que te cuelgo!

―Si me cuelgas no me llames más.

―Vale, pues no te llamaré.

―Martina, ¿vas en serio? ¿a ti que narices te pasa hoy?

―A mi nada. Bueno, que estoy un poco hasta el gorro, por no decir otra cosa. Me parece que mi vida es un caos. Tengo tanto que estudiar que no me aclaro ni yo. Y encima tengo que decidir pronto que voy a querer hacer con mi vida.

―Piénsalo y me llamas. Siéntate contigo y con tu almohada y organízate mejor.

Alan colgó el teléfono y Martina se quedó muy pensativa.

«Sabio» hizo acto de presencia. Se había posado con mucha elegancia sobre la mesa de estudio la joven.

―Vaya, ¡de la que te has librado! La verdad es que reaccionas bastante rápido. Bueno, la cuestión es que estás un tanto preocupada por tu futuro y no es para menos. Y digo yo… ¿por qué no te sientas con tus padres y hablas tranquilamente de lo que te preocupa? ellos sabrán orientarte y si no, acudirán a algún profesional para que te oriente. También tienes a tu tutor del instituto.

―Caramba «Sabio», te agradezco tu atención enormemente. ¿Sabes? Lo voy hacer esta misma noche porque quiero dormir tranquila de una vez, llevo comiéndome la cabeza más de un mes, pero esta vez en serio. Voy a sentarme con mis padres y luego hablaré con mi tutora. Eres un cielo.