SECRETOS DEL ALMA | Querida Mamá

Música cortesía de: Fernan Birdy/Relax Music

El aspecto de Ángela era el de una joven de 16 años con la cabeza inclinada hacia el pecho como si sintiera una mezcla de vergüenza y enfado. Miraba al suelo. Parte de su rizada melena le cubría la cara por la posición. A su lado, su madre.

—Buenas tardes Ángela, me imagino lo incómoda que te sientes. Pienso que yo estaría igual que tu. De repente te ves en un despacho con tu madre y una desconocida que es psicoterapeuta y que te han dicho que hay que ir para hablar.

Ángela levantó la mirada y sonrió.

—Puedo ofrecerte una infusión. Verás que poco a poco te vas sintiendo cómoda. Mi misión es crear un puente entre tu madre y tú. Al parecer habláis idiomas emocionales diferentes. ¿Piensas que no te entiende?

La madre de Ángela permanecía expectante y en silencio. La psicoterapeuta le había informado que, hasta que ella no le diera paso, debería permanecer escuchando y sin intervenir.

—Mi madre no me entiende nada. Pero lo que es nada multiplicado por mil. No sé qué hago aquí. Yo no estoy loca.

—Aquí viene la gente que necesita despertar, ver la vida desde otro prisma. Gente que necesita que alguien le ayude a entender por qué su vida está siendo tan complicada y qué puede hacer para vivir mejor.

—Ah, pues entonces he venido al sitio indicado. Mi madre me hace la vida complicada.

— ¿Qué hace ella para complicártela?

—No me deja en paz. Siempre detrás de mí intentando averiguar mi vida. No me deja poner la tele comiendo. No me deja que llegue un poco más tarde a casa. Me persigue para que haga la cama. Me riñe si me maquillo, si me pongo falda corta. Si… me pasaría el tiempo diciendo si… si… A ver si tu puedes hacerla entrar en razón que ya no soy una niña.

— ¿Cómo es tu cuarto?

— ¿Mi cuarto? Pues normal ¿Por qué?

—En psicología decimos que la habitación de una persona representa su mente.

—Pues entonces mi mente está hecha un desastre porque así es como está mi habitación. Yo creo que si mi madre no me insistiera tanto yo la tendría arreglada. Pero a ver… ¿por qué tengo que hacer la cama si la voy a volver a deshacer por la noche cuando me acueste? Es que no lo entiendo. ¿Qué le pasa a mi ropa si está en la silla? ¿Por qué tiene que estar todo en su sitio?

—Vamos a preguntarle a tu madre por qué quiere que esté todo en su sitio.

La psicoterapeuta dio paso a la madre que estaba en silencio con los ojos tremendamente abiertos en gesto de asombro. Y con voz pausada respondió mirando a su hija:

—Bueno… no creo que sea pedir mucho que se cumplan unas normas en casa. No puedes llegar a casa y que te lo hagan todo, que lo tengas todo y tú no dar nada a cambio. Me parece una falta de respeto impresionante el que no colabores y sigas unas normas. Y tiene que estar todo en su sitio porque es la única forma de que haya un orden en nuestras vidas. Ah, y eso de que intento averiguar tu vida… ¡faltaría más! ¡Pues claro que intento averiguar tu vida… quiero saber qué hace mi hija, con quien va y de qué va! Para poder ayudarla si tiene problemas, para poder protegerla si ella no se da cuenta de los líos donde se puede meter y sobre todo porque quiero a mi hija, si no… te aseguro que me importaría tres rábanos lo que hicieras.

Ángela se quedó impactada de la reacción de su madre e intentó controlar las lágrimas que empezaban a formarse.

—Pero mamá… ¡es que no puedo vivir con tanto control!

— ¿A qué le llamas control? —preguntó su madre con los ojos todavía más abiertos que antes. — ¿Control es que te diga que arregles tu cuarto, que recojas las cosas en el aseo cuando has terminado de ducharte, que te ponga un horario de llegada a casa y que te pida que colabores en la cocina y en la casa? ¿Control es que te pida que cumplas un horario de estudio y que te planifiques? ¿Es eso control?

— ¡Pues sí! Es que estoy harta, no puedo hacer absolutamente nada que no supervises. A la hora de comer ni siquiera puedo ver un poco la tele, tenemos que estar hablando. Bueno… hablando… lo que se dice hablar… si hablar es que tú haces las preguntas y yo las contesto… Mamá eso no es ni tan siquiera una conversación, es un interrogatorio. Solo me falta que me pongas el foco de luz en toda la cara.

En este momento intervino la psicoterapeuta que había permanecido en silencio observando cómo madre e hija intentaban comunicarse.

—Una buena comunicación entre madre e hija es aquella donde cada una expone lo que piensa sobre algo o cuenta algún suceso del día, pero lo cuentan las dos. Referente a no ver la tele podríais llegar a un acuerdo que os beneficie mutuamente. Un día hay tele y otro día charla. De esta forma las dos ganáis. Ángela, dale la oportunidad a tu madre de poder entrar en tu mundo, ten paciencia que ella la tiene contigo. Tu madre ha sabido exponerte muy acertadamente los motivos por los que es necesario un orden en casa, unas normas que cumplir y un método para poder vivir de una forma más cómoda para todos. Debes contribuir al bienestar familiar. Debes cumplir con las normas establecidas. Estos son los límites que los padres debemos marcaros. Imagina que vas por una carretera de noche y no hay líneas de marcación, esas líneas blancas reflectantes que están en el suelo. ¿Qué crees que sucedería?

—Que caería por uno de los lados de la carretera. Vale, comprendo… se trata de ponerme unos límites para que no me salga de mi camino, ¿no? Y que proteste menos por lo que veo.

—Efectivamente, de eso se trata. De que descubras la vida poco a poco, pero siempre teniendo a tus padres de respaldo, es importante que cuentes con ellos. Necesitas organizarte y colaborar, de esta forma todo fluye.

—Ya, parece fácil. Pero ella también tiene que ceder en algo que parece un sargento. Si tu vinieras a mi casa verías… hasta se puede comer en el suelo, yo creo que mi madre limpia sobre limpio. No es muy normal que esté todo tan organizado y desinfectado.

— ¿Tú crees que tu madre es feliz así, limpiando y organizando?

—Sí, la veo muy feliz haciéndolo.

—Bien. Vamos a preguntarle qué siente cuando organiza y limpia la casa al margen de trabajar también de cajera en el supermercado.

La madre de Ángela volvió a mirar de forma sorprendida a su hija y firmemente contesto a la pregunta.

—Cuando las cosas en casa están en su sitio, me siento muy bien, pero si no lo están por cualquier circunstancia no me pasa nada. Cuidar de la casa, de todo lo que rodea mi vida incluidos tu padre y tú, para mí es la clave de una buena vida, la vida que yo quise tener desde que era niña y que en mi casa no me dejaban porque era un auténtico caos, quizás este sea el motivo de mi impaciencia. Pienso que la limpieza y el orden es una responsabilidad que debemos cumplir a diario, es un compromiso en el que debemos participar todos y que es un acto que nos fortalece en todos los sentidos. Si me paso contigo diciéndotelo es porque no consigo que comprendas qué siento cuando no me haces caso.

—Mamá, es que nunca me lo habías explicado así. Vale, de acuerdo… pactemos, hablemos… pero lo ponemos por escrito que luego salimos de aquí y no nos acordamos de nada y vuelta a empezar.

La psicoterapeuta cerró suavemente su carpeta y cruzó sus brazos cómodamente mientras madre e hija iban descubriendo el poder de la comunicación. Sólo intervino para recordarles que la familia es como una gran empresa que debe aprender a negociar ideas, reunirse para expresar opiniones, dialogar para conocerse y apoyarse, aceptar las normas para que, esta empresa que forma un equipo, nunca cierre”.

SECRETOS DEL ALMA | El baúl de los recuerdos

—¿Ordenarlo? ¿Cómo se hace eso?

Juan abrió los ojos indicando sorpresa. Tumbado en el diván de la reflexión hablaba de su vida de forma desordenada. En el baúl de sus recuerdos todo estaba por revisar, no había orden. Sufría por todo lo que le había sucedido en el pasado y lo arrastraba continuamente a su vida actual convirtiéndola en un caos emocional.

—Sí, debes ordenar tu baúl de los recuerdos para que no te haga tanto daño Juan. Todos en la vida pasamos por acontecimientos trágicos, importantes, frustrantes, desastrosos, todos hemos perdido a alguien alguna vez, a todos nos han dejado alguna vez o hemos dejado, nos han hecho daño o hemos hecho… la vida es un camino lleno de obstáculos que hay que aprender a esquivar, saltar, bordear… pero sobre todo hay que aprender a verlos venir.

—¿Entonces el quejarme tanto de mi pasado obedece a que no he ordenado mi baúl de los recuerdos?

—Sí. Es una forma metafórica de explicar que todo se va almacenando y que todo necesita un orden. El hecho de hacer un autoanálisis, de analizar tus sentimientos y tu vida ya provoca de por sí un vaciado del baúl para poder luego guardarlo de forma “ordenada”. No podemos estar reprochándole a alguien toda la vida algo que nos hizo si encima le hemos dicho que lo perdonábamos.

—Ya, pero es que no me lo puedo quitar de la cabeza, no me puedo quitar de la cabeza muchas cosas y sí, es cierto, me paso el día mirando hacia atrás, siempre recordando mi pasado, el abandono que recibí de mis padres, la muerte de mi hermano, ese amigo que me traicionó, la primera novia que tuve… ¡por Dios! ¿Y todo esto se va a poder ordenar en mi baúl?

—El ordenar el baúl da pie a iniciar un proceso de madurez psicológica. Se ven las cosas desde otro prisma. No se borra nada, a ti te ha pasado lo mismo, pero tu cerebro lo percibe de una forma más lógica, más razonable aportándote una cierta sabiduría de la vida. Es como aprender de lo sucedido.

—Pero ¿cómo? No lo entiendo. ¿Cómo puedo olvidarme de todo lo que me hicieron?

—No se trata de olvidar, se trata de analizar las situaciones, a eso me refiero cuando te digo que hay que ordenar. Si no te hubieras marchado de casa con 22 años, ahora no tendrías ni serías lo que eres. Te ha tocado luchar solo y eso te ha dado una madurez.

—Sí, pero también me podía haber ocurrido algo malo, como haber caído en las drogas o haber sido un tío perdido por el mundo.

—Sí, pero no ha sido así. Puedes pensar lo que quieras, pero el pensar en algo que no ha ocurrido no es buen sistema. Debes aprender a pensar en la realidad de tu propia vida.

—Muy bien, ¿cómo empiezo a ordenar este lío?

—Empezaremos desde el principio. Trata de hablarme sobre lo que sientes y recuerdas de tu infancia. Para hacerlo fácil vamos a ir poniéndole títulos a cada etapa de tu vida hasta la actualidad que tienes 38 años. La infancia va desde que naces hasta los 5 años aproximadamente. ¿Qué título le pondrías?

Juan se quedó mirando fijamente la tela aterciopelada del diván, empezaba a pensar. Había muchos recuerdos que se agolpaban en su mente.

—¡Inolvidable!, la llamaría inolvidable. Me sentía querido por mis padres. No recuerdo nada malo de esa etapa. Al contrario, cuando intento recordar… todo es agradable. Recuerdo las navidades alegres, los veranos en la playa… muchas cosas bonitas hasta la muerte de mi hermano cuando yo tenía 14 años y él tenía 19. Ahí fue cuando mi vida cambió totalmente.

—¿Sólo tu vida cambió?

Juan no contuvo las lágrimas, las dejó caer de una forma muy lenta, como si no tomara consciencia de su tristeza.

—Bueno… nos cambió la vida a todos, pero no era justo que a partir de ahí ya no se ocuparan de mi, dejaran de cuidarme y de quererme.

—¿Qué le pasó a tu madre con la muerte de tu hermano?

—Cayó en una profunda depresión. No se ocupaba ni de mi padre y yo… empecé a aislarme con mis estudios y con mis amigos. Mi madre no quería ir al médico, ni al psicólogo. Decía que nadie le iba a devolver a su hijo y que ya no hacía falta vivir.

—¿Cómo falleció tu hermano?

—En un accidente de coche. Él iba en el asiento de atrás con otro amigo, murieron los dos, se salvaron el conductor y la copiloto. No fue culpa de ellos. Un camión no hizo bien la entrada en la autopista por el carril de aceleración y los embistió. Ya han pasado 24 años de esto.

—Doble dolor para todos, Juan. Pero continúa por favor. La niñez va desde los 5 años hasta los 12 que empieza la adolescencia. ¿Qué título tiene esta etapa?

—“Diversión”. También la recuerdo como algo maravilloso. Mi hermano era un gran estudiante y yo copiaba esa conducta de él. Lo admiraba, bueno lo admirábamos todos.

—De la adolescencia hasta la juventud. De los 12 años hasta los 19 años. ¿Qué título deseas ponerle a esta etapa?

Juan movía la cabeza indicando negación. No deseaba ponerle título a una etapa traumática, no encontraba ningún término. La psicoterapeuta se mantuvo en silencio tomando notas mientras lo dejaba reflexionar.

—“Oscuridad”. A partir de aquí comienza mi calvario. Dejo de existir para todos.

—Vuestras vidas se detuvieron. No fuiste tú solo. No debes juzgar tanto a tu madre. No supo salir del pozo donde se metió cuando recibió la fatal noticia. Todos os alejasteis de todos.

—Es cierto, de la noche a la mañana todos moríamos con él. Ahora veo las cosas de otra forma. No supimos asimilar ni conllevar la tragedia.

—El hecho de marcharte de casa cuando tenías 22 años también supuso para tu madre otro estado de soledad y depresión mayor, ¿no?

—¿Me estás diciendo que no debí marcharme? ¿Qué no he entendido a mi madre? ¿Y ella, me entendió a mí?

—Te estoy diciendo que no es tarde para analizar las situaciones. Hoy en terapia sólo vamos a sembrar nuevas reflexiones. Después ya verás como recoges el fruto. El sentimiento de culpabilidad debe servirnos para no volver a cometer el mismo acto, no para atormentarnos toda la vida. Tú te sientes culpable por no tener relación con tus padres, ¿o me equivoco?

—Sé que en el fondo sí me siento así. Creo que fui egoísta y vengativo, por eso me marché, porque no entendí que mi madre estaba enferma de dolor y no podía prestarme atención, quizás debí recurrir a la familia, a mis tíos para que me ayudaran, pero cogí el camino fácil, huir.

Juan se inclinó para coger un caramelo mentolado de un recipiente de cristal. Dejó sonar el papel plastificado en sus manos durante unos largos segundos, doblándolo y retorciéndolo sin tomar consciencia de su inquietud.

—La juventud va de los 19 años a los 30. ¿Y esta Juan, qué título recibe?

—“Conformidad”. Sí, es una etapa en la que me conformé con lo que me había tocado. Me fui de casa a vivir mi vida porque encontré trabajo y me pude independizar. Apenas ya tenía relación con los de casa. Mi dolor me perseguía. Mi madre había decidido seguir hundida. Mi padre… mi padre no me entendía. Empezaron las discusiones hasta que un día, ya con 22 años decidí que había llegado el momento de marcharme y me fui.

—Ahora ya tienes 38 años Juan. Estas en la etapa adulta. ¿Cómo calificarías tu vida actual?

—“Autoanálisis”. Es como si hubiera llegado el momento en que tengo que arreglar mi vida. Como si hubiera algo dentro de mí que me dice que no debo estar pegado a mi pasado… que debo solucionarlo, pero no sé cómo hacerlo.

—De momento ya has hecho mucho, le has puesto nombre a tus sentimientos, es así como se empieza. Tenemos un trauma del pasado sin resolver. Un choque emocional que obstaculiza tu vida y que ha dejado una profunda huella, no sólo a ti, también a tus padres, ocasionando distanciamiento y soledad. Antes de dar un paso deberás analizar las consecuencias y éstas no se pueden ver si tu baúl no está en orden. Ahora necesitas tiempo.

Con el tiempo Juan pudo realizar un encuentro con sus padres. Comprendió que, con su marcha a los 22 años, él también había muerto porque no se había alejado para independizarse y crecer, se había alejado por rabia, por venganza hacia unos padres que tras la muerte de su otro hijo se habían sumergido en un pozo de hielo.

Un día observó en la acera de enfrente de la casa de sus padres a que su madre saliera a la calle. Esperó impaciente hasta que vio aparecer a una mujer envejecida por el tiempo, de aspecto hundido y oscuro, descuidada en su imagen. Entre sus manos llevaba un pequeño monedero y unas llaves. Juan se acercó despacio por la espalda, tocó su hombro y cuando ella se giró y miró a su hijo con los ojos muy abiertos indicando sorpresa, él sólo pudo que abrazarla y al oído le dijo: “perdóname” y le entregó una pequeña nota escrita en un papel doblado. Su madre, sin emitir palabra alguna, la desdobló y leyó: “porque nunca es tarde mamá y el tiempo sólo se acaba cuando la vida termina. Me fui sin pensar en ti, creyendo que no pensabas en mí y me equivoqué. No hablemos mamá, vayámonos a casa, me gustaría que lloráramos juntos para no tenerlo que hacer más por separado”.

el baúl de los recuerdos secretos del alma

SECRETOS DEL ALMA | Sombras de soledad

—Tus padres están preocupados por ti, me han dicho que necesitas que te ayude porque ellos no saben cómo hacerlo. Eres muy joven para estar tan triste. ¿Sabes por qué has venido?

David tenía 12 años y sentado en la silla del despacho parecía que tuviera 15. Sus oscuras ojeras denotaban una falta de descanso, su pelo no tenía brillo. Miraba fijamente a la psicoterapeuta como buscando en ella respuestas a preguntas que circulaban por su mente pequeña como coches en ambos sentidos.

—Sí, sé a qué he venido. Mi madre me dijo que hablara contigo y te contara qué me pasa. Que te dijera por qué lloro tanto y todo me parece tan oscuro, pero yo no sé por qué me pasa esto.

—Bien, déjame que te ayude David. Vamos hacerlo como un juego a ver si entre los dos descubrimos este misterio. Todas las personas tenemos emociones, sentimientos guardados que a veces cuesta expresar. Por ejemplo, el miedo y la alegría son emociones, ¿vale? Ahora yo te digo una palabra y tú me dices la primera que se te venga a la mente. Por ejemplo: “luna”.

— ¡Lobo!

—Muy bien. Así con todas. ¿Estás preparado?

—Vale, me gusta este juego. Ya veo de qué va. Tú me dices una palabra y según lo que se me ocurra sabemos que eso guarda una relación con lo que yo siento.

—Bien, ya veo que eres inteligente. Empieza el juego: “Madre”

—Ordenador.

—“Padre”

—Viaje.

“Amigos”

—Sombras

—“Diversión”

—Soledad

—“Noche”

—Miedo

—“Día”

—Muerte

—“Boca”

—Cerrada

“Juego”

—Tristeza

La psicoterapeuta miró fijamente al joven David. Le pidió que le enseñara las manos y que las pusiera sobre las suyas.

—David, ¿te das cuenta de que tus manos están frías, muy húmedas y que tiemblan? Fíjate que al ponerlas sobre las mías yo percibo todo eso de ti, percibo tristeza, soledad y miedo a la vida. ¿Te está costando vivir?

El joven desplazó su mirada hacia el suelo. Sus ojos se empaparon de lágrimas que luchaban por no caer. Sentía vergüenza, no quería llorar.

—Llorar es bueno, muy bueno. No reprimas tus emociones. Deja que fluyan las lágrimas, te hará bien.

—Está clara la conclusión del juego, ¿verdad? Soy un niño aburrido, solo, al que nadie le hace caso, ni tan siquiera puedo jugar con mi padre porque casi nunca está en casa, siempre viajando y con mi madre tampoco porque dice que es más importante su ordenador.

— ¿En qué trabaja tu madre?

—Mi madre hace zapatos en casa.

— ¿Y qué tiene que ver el ordenador con los zapatos?

—Pues que ella cuando termina de hacer zapatos durante todo el día está hasta las narices y se mete en el Facebook y chatea con amigas, pero yo le digo que si vemos una película juntos o si hacemos algo y me dice que no puede que tiene que terminar cosas en el ordenador y yo miro lo que hace y está chateando. Y cuando mi padre llega los fines de semana siempre está cansado.

— ¿Y tus amigos David?

—Como soy tan poca cosa, en clase no me hacen caso y los fines de semana no tengo con quien salir, me cuesta hacer amigos.

— ¿Realizas alguna actividad extraescolar como fútbol, algún deporte, teatro, música…?

—No, dicen mis padres que no hay dinero para todas esas cosas. Que todo eso es de ricos.

— ¿Tus problemas de soledad se los cuentas a tus padres?

—No. Pienso que me van a reñir porque siempre estoy igual, protestando porque mi vida es un asco. Ellos pasan de mí y encima soy hijo único.

— ¿Y no crees que el hecho de haberte traído aquí, conmigo, es ya indicativo de que están preocupados?

—Bueno… visto así…

—David, para conocer gente es conveniente que te apuntes a alguna actividad extraescolar, que te organices primero y que aprendas conmigo habilidades sociales que quiere decir “hacer amigos”.

—Estoy metido en “las sombras de mi soledad”, eso es lo que me está pasando. Lo veo claro.

—Es una frase perfecta para describir tus sentimientos. Todos tenemos “sombras”. Tú te estás formando, tienes 12 años. No permitamos que esas sombras de soledad permanezcan en ti. Vamos a transformarlas en un arcoíris.

David, empezó a sonreír. Podía hablar. Había alguien que haría de puente entre sus padres y él, su psicoterapeuta, su confidente.

—Bueno, ya sabemos que estás triste y que tu vida es un “asco”, como tú dices. Ahora debemos cambiarla. Voy hacer pasar a tu madre, ¿estás de acuerdo?

—Vale.

La madre de David se incorporó a la terapia. Al joven niño le resultó muy extraño estar hablando con su madre, contándole delante de su psicoterapeuta todo lo que sentía. La madre de David, tomó consciencia de la soledad de su pequeño. Se organizaron horarios para realizar juntos actividades en casa. David, descubrió que le encantaba el teatro y su madre accedió a apuntarlo. Empezó su terapia de habilidades sociales y de autoestima y de esta forma sus “sombras de soledad” se fueron difuminando.

Pasados los meses, al finalizar la terapia, David entró en su última sesión con un semblante diferente. Aquel jovencito de ojeras oscuras había cambiado.

—He hablado con mi padre. Hemos quedado que los domingos por la mañana nos iremos juntos con la bicicleta y el otro día vino a verme a una mini obra que hice con unos amigos en lo del teatro. ¿Sabes qué? Que ya tengo un arcoíris en mi mente. ¿Recuerdas mi sombra de soledad? Se marchó el día que me escucharon y que entendieron por qué lloraba.

—Me alegra mucho saber que avanzas en tu vida y que tus sombras se difuminan poco a poco. Recuerda siempre que “muchas veces las palabras no pueden decir lo que una lágrima puede expresar”.

sombras de soledad secretos del alma

SECRETOS DEL ALMA | Trozos de amor

La psicoterapeuta vio sentada a una joven mujer de pelo aleonado. Su mirada mostraba seguridad y una amplia sonrisa se expandió por la sala de espera cuando al entrar mencionó su nombre para que pasara al despacho.

En el instante en que Silvia se tumbó en el diván de la consulta, un sin fin de emociones brotaron de forma inesperada y rompió a llorar.

— ¡No me lo puedo creer! A mis 45 años y sigo sin creérmelo. Me he pasado la vida recibiendo trozos de amor. Como suena, un trozo de aquí, otro de allá… Con toda mi autoestima, con todo lo que soy porque me valoro, con todo el cariño que entrego siempre a mis parejas… para que luego me dejen siempre, siempre, por otra. Y ahora ya no puedo más… he conocido a un hombre que me tiene loca, me he enamorado como una adolescente y después de ocho meses me ha dejado porque ha decidido volver con su ex pareja. Y yo me pregunto ¿por qué siempre lo mismo? ¿Qué estoy haciendo mal? Tengo tres hijos de un matrimonio que tuve durante 18 años y acabó marchándose con otra mujer.

­— ¿En tus relaciones de pareja, has dado la cantidad de amor que has recibido?

—Bueno… en realidad, o por lo menos es mi forma de verlo… yo he dado más amor.

— ¿Sueles conformarte con poco?

La pregunta inquietó a Silvia. Reflexionó sobre el tema creando un silencio en la sala de varios minutos. De repente se agolparon en su mente un sin fin de recuerdos. La vorágine de imágenes provocó una rápida reacción. Se identificó totalmente con la pregunta ya que era afirmativa.

—Yo…si…me conformo con poco, digamos que tengo bastante, me gusta servir a los demás… quizás pretenda que me quieran más.

—Descríbete en tu relación de pareja. ¿Cómo eres con un hombre?

—Servicial, atenta, muy comprensiva, fiel, segura de mi misma, cariñosa, pendiente de las personas que están a mi alrededor, divertida… y sobre todo… confiada. Mis amigos siempre me han dicho: “si, si… tu déjalo que vaya a su marcha y que no se agobie y verás que pronto te quedas sin él…” ¡Madre mía! ¡Cómo me iba a imaginar que dándole tanta libertad al final iba a volar!

—Entonces, ¿has actuado en el papel de madre que deja volar a su hijo, cuidándolo, comprendiéndole, ayudándole, realizando las cosas por él, hablándole cuando era el momento y cuando no callando y has recibido la mitad de tu entrega?

—Visto así… pues sí. Pero yo pienso que esto también es ser una buena mujer, compañera, pareja… No me digas que actuar así es actuar como una madre. ¿Este sería el motivo por el cual me dejan todos?

—Concretamente no es éste el motivo. En una relación tiene que haber un poco de todo Silvia. Nos equivocamos de pareja principalmente por dos motivos. Primero, por idealizar el amor; pensamos que tiene que ser perfecto y cuando vemos que no es así… sufrimos de decepción. El amor es mucho más que sentir. El amor implica vivir juntos, tener hijos si se desean, ir a comprar, organizar la casa, administrarse, conversar, hacer el amor, compartir… Y segundo; nos equivocamos de pareja porque elegimos mal, nos dejamos llevar por el primer impulso, por esa taquicardia inicial, por la atracción, elegimos con el corazón o de cintura para abajo y eso trae problemas, no pensamos con la cabeza y luego es tarde. Nos precipitamos a formar una relación sin conocer prácticamente a la otra persona y empezamos a convivir de una forma tan rápida que quedamos atrapados en una tela de araña.  El motivo por el cual una persona decide marcharse de una relación para saltar a otra, varía mucho. Tenemos que analizarlo. Tienes una estructura de mujer permisiva y pasiva que actúa protegiendo en sus relaciones para que la quieran mucho, sin embargo, el resultado siempre es el contrario. ¿Te has sentido amada?

—Siempre me siento amada al principio de una relación. Recuerdo en mi adolescencia a mi primer novio, mi primer beso… pues ya empezó aquí la cosa… me dejó por otra.

—No generalices por una relación de adolescentes donde suele pasar por la inmadurez de la edad. Sigue avanzando en el tiempo y poco a poco descubrirás que no toda la culpa de las situaciones la tienes tú. En esta última relación ambos no supisteis gestionar los conflictos y tu ocultabas los problemas con tu carácter permisivo pensando siempre “ya cambiará”.

—Y mira si cambio… pero de cama y de lugar. Mi siguiente novio, ya con 24 años, fue un hombre 10 años mayor que yo y casado. Tenía un cargo importante en el Ayuntamiento de mi ciudad y yo era un “caramelo” para su estrés. Esto lo veo ahora con el paso del tiempo. Estuvimos de amantes durante 4 años y siempre me prometía que tarde o temprano se separaría de su mujer para estar conmigo… eso ocurrió 4 años después y yo lo esperé. ¡Por fin era mío! Estuvimos viviendo juntos y nacieron 2 hijos. Después nos casamos y nació el tercero y un buen día me dijo que se marchaba de mi vida… que había conocido a otra mujer y que había dejado de quererme y pidió el traslado y se marchó como el que pasa página a un libro. Nos divorciamos. Me pasa la manutención de sus hijos y así de fácil.

— ¿Tienes relación directa con él? ¿O sólo por temas de vuestros hijos?

—Nos llevamos muy bien. Él viene a casa cuando quiere para estar con los nenes y yo a veces le digo que se quede a cenar y así estamos todos juntos. Siempre he quedado muy bien con todos mis ex. Bueno, él a su nueva pareja no le dice que se queda a cenar en mi casa, claro.

— ¿Conoces a sus nuevas parejas?

—Sí, suelen presentármelas y muy bien.

—Ya, todo queda en familia ¿no? ¿Le lavas también la ropa a tu ex cuando se queda en tu casa a cenar y le escuchas sus problemas, verdad?

Silvia emitió una gran carcajada y se sonrojó de inmediato.

— ¿Qué pasa, que está mal hecho?

—Vamos, que le lavas también la ropa. Y después de divorciarte hasta conocer a este nuevo chico, ¿has salido con más personas?

—Sí.  Con tres más. Uno me dejó por un hombre. A otro lo pillé liándose en casa con una amiga mía. Y el tercero es el único que no me dejó por nadie, digo yo. Lo dejamos porque decía que yo era excesivamente buena y que a él le iban las “malillas”. Y… bueno… ahora que lo hablo contigo seguramente ya tenía a la “malilla” por ahí danzando, ¿no?

—Es muy probable Silvia.

—Tengo una amiga que me hace de terapeuta a veces y me dice que lo que me pasa es que soy “imbécil”, que debería tratarme esta enfermedad “la imbecilidad”. Dice que debería trabajar en una ONG en vez de tener parejas y que me paso la vida haciendo el “tonto” con todos mis ex porque con todos sigo manteniendo una relación amistosa. ¿Piensas que es así? Porque yo no lo veo de esta forma.

—Tu amiga realiza unos diagnósticos bastante drásticos, pero comprensibles. Es lógico que intente convencerte de que el comportamiento con tus ex parejas sólo te lleva a ser pasiva y tolerante con alguien que te hizo daño en su momento y que justificas y perdonas constantemente sin tomar consciencia que cuando se rompe una relación, de la forma en que a ti te han dejado, es tirarte piedras a tu tejado. Es haber perdido el “amor propio”. Tu amiga te quiere y utiliza esos términos para que dejes de comportarte así porque te valora más de lo que te valoras tú, aunque pienses que tienes una autoestima equilibrada en tu fuero interno hay algo que no termina de funcionar.

— ¡Vaya por Dios! ¡Entonces debo tratarme la imbecilidad! ¿Y yo que creía que me valoraba y que era una mujer segura de mí misma? Ahora va y resulta que lo que hago es que dejo que se aprovechen de mí… y mi ex subiendo a casa y yo comprándole la cerveza que a él le gusta… ¡manda narices! Y encima me quedo con la fregada y gastándome dinero comprando sus anchoítas preferidas que valen un ojo de la cara… y arreglándome como una colegiala…

— ¿Para ver si vuelve a ti? ¿Crees que haces eso?

—Sí, lo tengo claro, lo hago siempre. Ahora veo que ha sido mi forma de comportarme siempre… agradando a todos para que no me dejen en lugar de agradarme a mí misma. Cuando di a luz y para que el cuerpo no se me desfigurara, hacía auténticas barbaridades con la comida y me gastaba un dineral en tratamientos para seguir gustándole. No dejaba que mi cuerpo volviera al sitio por propia naturaleza, ¡no! Yo tenía que machacarme… y aún así se marchó… seré… pues eso… imbécil.

—La pareja debe estar basada en una serie de pilares imprescindibles que hay que ir fortaleciendo poco a poco; la comunicación, el afecto, la sexualidad, las relaciones sociales, tener tiempo para estar los dos solos, buscar esos momentos de intimidad, organizar el hogar y la economía, compartir proyectos, discutir… si, discutir. Discutir no indica gritar o maltratarse psicológicamente, significa intercambiar opiniones que nos hacen ver que crecemos juntos. Una pareja no tiene porqué cubrir todas tus expectativas, debe cubrir parte porque la otra parte la cubres tu con tu trabajo, tus ilusiones y tu personalidad, que es la que hay que cuidar.

—Pues yo he ofrecido siempre todo lo que me cuentas, pero no te creas que a mí me lo han dado igual.

­—En relación a este chico nuevo que entró en tu vida y que ahora ha decidido volver con su ex pareja, ¿qué piensas hacer?

—Hombre… después de esta conversación y en vista de que debo tratarme la “imbecilidad”, hablar con él y despedirme. No volver a tener contacto y empezar a centrarme en mi vida. No porque me haya pasado esto durante toda mi vida, quiere decir que no voy a ser feliz con otra persona. Lo primero es dejar de estar pendiente de todas las personas con las que he tenido relaciones, incluido el padre de mis hijos. Hablaré con él y le explicaré que cuando quiera verlos que llame y que bajen, se ha terminado lo de cenar y ducharse en casa … si es que es para darme de tortas… porque sinceramente, después de cenar algún polvo en sofá caía. Vamos que el señor se iba apañado, pero que bien apañado. ¡Por Dios, que mal estoy!

­—Bien Silvia, veo que estas captando el concepto de recibir el “amor a trozos”. Ahora es el momento de buscar un amor entero. Piensa que una relación estable se forma con tiempo y creando el espacio de cada uno. Cuando inicies una nueva relación no te olvides de que necesitas seguir haciendo las cosas que siempre has hecho, no por estar con una pareja debes dejar todas tus costumbres. No inundes a la otra persona y no permitas que te inunden a ti. El amor en la etapa adulta es muy diferente al amor en la adolescencia o juventud, pero al fin y al cabo es amor. Ámate a ti misma y te amarán. Decía Pablo Neruda: “Te escogí a ti porque me di cuenta de que valía la pena, valía los riesgos… valía la vida”.

SECRETOS DEL ALMA | Baja autoestima

José María caminaba absorto, cabizbajo. Al entrar en el despacho levantó la mirada con timidez. Tomó asiento, respiró profundamente y empezó hablar.

— No me ha tocado más remedio que venir a pedir ayuda psicológica porque no lo soporto más. No sé cómo frenar a una persona de mi trabajo que me humilla.

Llevaba 8 años trabajando para una empresa de colchones. Su aspecto era el de una persona excesivamente preocupada, ojerosa, de cejas pobladas y complexión delgada. Su mirada transmitía nobleza.

— ¿Qué te hace concretamente esa persona?

— Me llama María en vez de José María, bueno… más bien me llama Mari con voz socarrona. Me insulta delante de todos los demás compañeros. Me carga con las culpas de trabajos mal hechos donde yo ni tan siquiera he participado. Me quedo paralizado, temeroso… me bloqueo y ya no doy pie con bola en todo el día.

— ¿Cuál es tu actitud con él cuando te hace todo esto?

— Me callo, no suelo decirle nada.

— ¿Y qué te impide defenderte?

—No lo sé… me quedo agarrotado… me tiemblan las piernas y no me salen las palabras. Se me hace un nudo en la garganta.

—A eso se le llama “miedo” y a tu falta de defensa se le llama “baja autoestima” ¿te suenan estos términos?

—Sí. Lo de baja autoestima lo sé desde hace muchos años. Cuando era adolescente me pasaba lo mismo. Nunca he sabido defenderme y pienso que los demás me atacan porque no me enfrento a ellos.

—Háblame de tus padres.

La psicoterapeuta había dejado al alcance de las manos de José María unos folios en blanco y un bolígrafo cerca, invitándole a usarlos si lo consideraba. El joven cogió tembloroso un papel y empezó hacer garabatos sin sentido mientras hablaba. A través de los trazos descargaba su frustración al tiempo que se relajaba para poder expresarse con naturalidad y confianza.

—Pensándolo ahora, recuerdo que mi padre ha sido una persona con baja autoestima también. Nunca lo vi defenderse ante nadie. Mi madre ha sido quien ha llevado los pantalones en casa y no trataba muy bien a mi padre. Yo también recibí críticas constantes de ella “eres un inútil”, “parece mentira que seas mi hijo”, “estas atontado” … en fin… mi madre falleció hace cinco años y esto tampoco lo llevo bien. Mi padre vive solo y voy a comer a su casa todos los días, así estoy con él un rato. ¿Por qué esta persona la ha tomado conmigo?

—Te ataca porque te ha elegido como su víctima perfecta para poder hacer ese ataque. La persona que agrede, física o psicológicamente, busca a las personas pasivas, débiles y con sentimientos de inferioridad para alimentarse. Sí, ese es su alimento, la humillación. Sólo será frenado si tú empiezas a confiar en ti mismo y eso se consigue analizando tu personalidad, encontrando tus virtudes y tus defectos, aprendiendo a pulir los rasgos, en definitiva, equilibrando tu autoestima.

— ¿Pero por qué me paralizo de esta forma?

—Porque el miedo te impide enfrentarte y ese miedo precisamente es el que provoca el bloqueo. Para eliminar tu miedo sólo debes empezar primero por fortalecer tu personalidad y para ello necesitamos algo de tiempo. ¿Esa persona sólo te humilla a ti?

—En la fábrica por lo menos sí. Me imagino que fuera lo hará con más gente, ¿no?

—Lo hará con la gente que se lo permita, dentro o fuera de la fábrica. No se trata de usar sus mismas armas, se trata de aprender a usar una más fuerte que él no posee. ¿Has oído hablar de la Inteligencia Emocional?

—Sí. Es la inteligencia que hace que actuemos en la vida de una forma acertada, la que nos ayuda a tener éxito en nuestras relaciones sociales, vamos… la que haría que yo tuviera autoestima, ¿verdad?

—Efectivamente. No nacemos con ella, la tenemos que desarrollar. Hoy para empezar a conocerte te propongo que a partir de mañana observes el comportamiento de todos los que te rodean, incluido el de este señor agresivo y el tuyo propio. Quiero que veas lo que es un día de trabajo visto desde fuera. No es complicado. Analiza quién tiene autoestima en la fábrica y quién no. Cómo se comporta la persona que sí tiene y cómo actúa ese señor con cada uno. Y sobre todo a partir de mañana cuando te llame “Mari” no te gires ni respondas bajo ningún concepto.

—Muy bien. Mejor anoto todo lo que observe, así podré recordarlo mejor para nuestra próxima terapia.

—Recuerda que la autoestima es el motor de arranque de cada día. Es el valor que uno tiene de sí mismo. Que nadie, nadie somos iguales y cada uno de nosotros somos dignos de ser personas. Piensa que la autoestima posee unas raíces que son: el ser uno mismo y siempre auténtico, que es imprescindible aprender a marcar límites y saber decir no en momentos determinados, que es importante que pongas tus normas y en ellas no entra permitir que te humillen. Deberás aprender a utilizar la palabra para frenar a los que intenten agredirte y a utilizar la indiferencia con aquellos que no valga la pena gastar aliento.

—¿Tú crees que tiene algo que ver con lo que me pasa, el cómo me hayan tratado mis padres?

—Nadie nace con un libro bajo el brazo con las instrucciones de cómo educar. No puedes juzgar a tus padres en este sentido porque desconocemos por qué tu madre actuaba así contigo. Tendríamos que estudiar bien su historia y además ella ya no está aquí para poder aportar su versión. Pero sí es cierto que el estilo educativo que los padres utilizamos con los hijos forman la base de lo que tú serás en el mañana. Aprendiste que tu madre humillaba a tu padre y él no se defendía con la palabra y actuabas igual a lo que veías. Se produjo una siembra cuyo fruto, años después, fueron los sentimientos de inferioridad y la baja valía personal. Recuperar tus valores y formar tus fortalezas psicológicas dependerá sólo de una cuestión; de la confianza que tu deposites en ti. La confianza en uno mismo es el gran secreto del éxito, sin ella se está condenado al fracaso. Y recuerda para siempre que la confianza en uno mismo se construye cada vez que uno se enfrenta a un miedo.

José María observó la conducta de todos sus compañeros los días sucesivos como había planificado con su psicoterapeuta. Anotó cada expresión, gesto y frase, así como los comportamientos que tenían unos con otros. Descubrió que el humillador sólo lo atacaba a él porque sabía que le tenía miedo, como si lo oliera. No se giraba ni respondía cuando le llamaba María, continuaba con su trabajo ignorando la llamada. Hasta que un día el humillador, cansado de ser ignorado, le cogió el brazo con fuerza para que le mirara a los ojos y José María lo frenó de golpe. Levantó la mirada y clavó sus pupilas en las de él y simplemente dijo: “no se te vuelva a ocurrir ponerme la mano encima, para hablarme no tienes porqué tocarme. Y ahora dime ¿qué querías preguntarme?”

SECRETOS DEL ALMA | Sin freno

El aspecto de Isabel era el de una joven dulce de piel blanca, ojos grandes y oscuros. Su pelo largo y negro cubría gran parte de sus hombros. Alta, de rasgos indios. Sin embargo, su ceño fruncido y su piel castigada denotaban que algo pasaba en su mente. Se podría explicar que poseía dos personalidades opuestas; una sensible y otra agresiva.

—¿Cuál es el motivo de tu consulta?

—Pues no lo sé, la verdad es que vengo porque al parecer están hartos de mí, bueno de mí, de mí… no… es de cómo me comporto.

—¿Quiénes están hartos de tu comportamiento?

—Mis amigos… mi familia… pero principalmente mi chico y… lleva razón. No puedo entender cómo llego a tratarlo de la forma en que lo hago. Es como si me saliera de dentro la niña del exorcista. Me cambia la cara, entro en cólera y mi mente empieza a buscar lo peor para poder soltárselo y una vez lo he hecho me quedo tan pancha. Grito y le doy algún golpe a lo primero que pillo. No creo que esto sea muy normal, ¿no?

—¿Cómo te sientes después de haber actuado así?

—Me arrepiento y le pido que me perdone.

—¿Y qué hace él, te perdona?

—Sí, me perdona siempre y me pregunta por qué lo trato así. Me dice que me quiere y eso todavía me da más rabia… pero no me planta cara. Lo veo tan débil… le digo que no vale nada, que hace el ridículo delante de la gente, que parece que sea retrasado… que no me extraña ya que toda su familia es igual de tarada. Estoy siendo muy sincera y te confieso que me da vergüenza contarte esto. Me oigo y quisiera poder controlarme, de verdad… pero hay algo dentro de mí que no me deja.

—¿Te ocurre sólo con tu pareja?

—Bueno, yo siempre he sido impulsiva y agresiva, pero es más con mis parejas. Tengo 30 años, llevo dos años con este chico y en mis relaciones anteriores siempre me ha pasado lo mismo. Ninguno me plantó cara nunca, se ve que los elijo con poca sangre. No se… estoy confusa.

Isabel relató que, desde su adolescencia, cuando empezó a sentir los primeros enamoramientos, le atraían los chicos a lo que podía manejar. Pensaba que, si se comportaba con los chicos de forma dulce y afectiva, ellos la considerarían sumisa como lo era su madre.

—¿Cuál fue la causa de la ruptura de tu anterior relación?

—Pues la misma que todas… acaban hasta el gorro de mí. Aparento dulzura y cuando ya parece que la relación se vuelve estable, empiezo a sentirme molesta por todo, todo lo que hace el otro me parece poco… o es que lo veo tonto, o lo veo fácil de manejar.

—¿Cómo si tú fueras la reina y no te trataran como tal?

—Hombre… visto así… suena a que soy como una Diosa, suela fatal…

—¿Cómo crees que le suena al otro todo lo que tú le dices?

—Bueno cuando empiezo con la agresividad mí novio se defiende, no te creas que se queda callado, él también ataca, pero no de la misma forma, pero termina destrozado y pidiéndome que pare de hacerle daño. Si es que me sorprendo hasta yo de mi actuación. No sé si me estoy volviendo psicótica o como se diga, pero algo me sucede. ¿Sabes que me ha tocado las narices lo que me has dicho que actúo como si fuera una reina? No quiero comportarme así.

—Ya tenemos la primera parte positiva para evolucionar; el reconocimiento de que vas sin freno por tu vida emocional. Todos tenemos una “bestia” interna que debe permanecer dormida cuando vamos adquiriendo madurez y sentido común. Si me ponen una multa de tráfico por algo que he hecho incorrectamente o que no he hecho, no puedo salir del coche y agredir al policía, aunque en mi fuero interno esté tremendamente enfadada y desee hacerlo. En ese instante controlo a mi “bestia” interna y la sosiego. Imagínate el caos mundial que sería si no existiera el autocontrol, los valores, el dominio de las emociones, la empatía, la comprensión, la madurez psicológica… ya hay suficientes guerras por estos motivos como para no usar el respeto y la sensatez. Cuando te educaron olvidaron enseñarte que debes tener respeto por los demás y que, sin freno, lo más probable es que te estrelles.

—¡Vaya! Nadie me había hablado así hasta ahora. La verdad es que lo comprendo, pero ¿cómo puedo frenarlo? ¡Parece que me estás diciendo que me tenían que haber pegado un toque de atención mis padres cuando yo era pequeña!

—No te hubiera venido nada mal. ¿A caso has visto tú en tu casa a tus padres ofendiéndose entre ellos mismos y utilizando un trato inadecuado con otras personas?

—A mi padre sí. Mi madre ha sido una mujer sumisa que ha aguantado todo lo que mi padre le ha dicho, le ha minado la autoestima y mi padre siempre ha estado perdiendo los papeles.

—¿Si le falta el respeto a alguien, si insulta, si ataca y muestra sus garras… qué crees que es?

—Un maleducado, un grosero, un chulo, una persona que se cree que así puede vencer y dominar al otro… una persona que sólo se quiere así mismo… piensa que es el rey de la casa.

—¿Crees que tu conducta es igual?

—¡Ah! ¡Por eso me has dicho que me creo la reina y me ha dolido tanto! ¿Entonces, yo soy como mi padre? ¿Lo he heredado?

—Lo has copiado. Eres bastante narcisista y decidiste copiar antes las conductas de poder de tu padre que la pasividad de tu madre. Obtenías más beneficios con agresividad que con bondad. Ahora lo que haces con tu pareja es coger el poder, no dejar la relación porque te va a ser difícil encontrar a alguien que se deje minar como este chico, por eso lo retienes en tu vida, agrediéndolo psicológicamente. En el fondo lo atacas porque piensas que él es más grande que tú como persona y eso es lo que no piensas consentir. Son las muestras de tus sentimientos de inferioridad que ocultas tras esa máscara de ceño fruncido y fortaleza de superioridad. Tu propio narcisismo no te deja vivir. El problema es que tampoco dejas vivir a los demás.

—¿Narcisista? —Isabel mostraba en su rostro los signos de la intriga. La conversación le estaba haciendo pensar. Había asistido a consulta sólo porque estaba cansada de oír a todos decirle que no era muy normal su forma de comportarse, pero no había pedido la cita porque creyera que verdaderamente tenía un problema serio.

—El narcisista se admira así mismo, se ama así mismo y le cuesta amar a los demás. El narcisista carece de humildad y de inteligencia emocional y social. — Respondió la psicoterapeuta, tratando de explicarle la importancia de saber el significado de los términos psicológicos.

—Vale, lo tengo claro; soy una histérica, maleducada, grosera, con poder y encima narcisista… ¡esto me va a costar! Me voy con mi primera lección de hoy aprendida: “trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”, “nadie es más que nadie”. Voy a ver si me bajo de la nube de poder y altanería donde me he subido, llamada la nube del mal trato. Gracias por el guantazo verbal que no me pegaron cuando era pequeña, no sé si podré lograrlo.

—Nunca es tarde para empezar a madurar. Y recuerda: “no digas no puedo ni en broma, porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio, y te recordará cada vez que lo intentes que no puedes hacerlo. Mejor di: cuando lo que quiera conseguir me parezca difícil, no cambiaré mi objetivo, buscaré un nuevo camino para llegar a él”. Hay un poema precioso que habla de esto y dice: “Hubo un tiempo en que pensé que no podía… y no pude; creí que no sabía nada… y nada supe; pensé que no tendría fuerzas… y flaqueé; creía que era demasiada la carga… y me caí; subestimé mi capacidad… y no fui capaz. Luego aprendí… que, si creo que puedo, puedo; que sé más de lo que ni siquiera imagino; que tengo las fuerzas que decido tener; que no hay carga que mis hombros no puedan soportar y que puedo llegar a donde yo me lo proponga.”

SECRETOS DEL ALMA | Ya no quiero estar aquí

Cuando Ana entró en la consulta venía acompañada del brazo de su mejor amiga. Sus ojos sólo miraban pero no veían, su mente andaba perdida por algún lugar de la sala. La psicoterapeuta se acercó a ella para presentarse y le cogió las manos, le obligó a que fijara sus ojos en los de ella diciéndole:

— Buenas tardes Ana, soy la persona que te puede ayudar, por favor pasa conmigo a mi despacho. ¿Necesitas que entre alguien contigo o prefieres que estemos solas tu y yo?

Ana miró a su psicoterapeuta y sonrió amablemente, le dijo que prefería pasar sola.

— En realidad no sé para qué vengo, me han traído porque dicen que no es normal que tenga ideas de matarme. Me siento vacía, estoy enfadada con el mundo. No siento nada. Todo me da lo mismo.

Un silencio confundiblemente agradable inundó la sala. La psicoterapeuta dejó reposar sus gafas en posición de escucha.

— Tres veces he intentado matarme… pero como puedes ver… sin éxito.

— ¿Quieres que hablemos de ello?

— Yo no lo veo tan importante, lo que si me preocupa es no sentir nada. Es que no siento nada por nadie, ni tan siquiera por mis hijas. Pienso que si me dijeran que les ha pasado algo no iba a reaccionar porque no sentiría.

— Si no sientes, ¿por qué crees que estás llorando mientras me lo cuentas?

— No lo sé.

— Piensa que el llanto es una emoción muy valiosa que nos habla, nos dice que algo nos falta y algo nos sobra de nuestra vida. Lloramos cuando deseamos algo y no lo conseguimos, por pena, por frustración, por alegría, como descarga de las tensiones, por rabia… ¿por qué ya no quieres estar aquí?

Ana permaneció inmóvil, pensando.

—No lo sé… sólo tengo esa extraña forma de pensar que es mejor que muera, que ya no le importo a nadie y por otro lado sé que sería horrible, cómo se quedarían mis niñas… el día de mañana, cuando fueran más mayores y supieran que su madre se mató… pensarían que era una cobarde… estoy confusa.

— ¿Has dicho que ya no le importas a nadie?

—Bueno, pienso que no le importo a nadie, no sé si será verdad, pero esa es la sensación que tengo con la gente. Las personas hacen su vida sin importarles la vida de los demás.

— ¿Me hablas de alguien en concreto?

— Si, pero no sé decirte de quién.

— Si utilizo la palabra “decepción”, ¿qué nombre te viene a la mente en primer lugar?

— El nombre de mi marido. ¡Vaya! ¡Estoy decepcionada con mi marido! Él piensa que lo que tengo son ganas de llamar la atención, que lo poseo todo y que me paso el día quejándome. Yo ni tan siquiera sé lo que tengo que hacer con mi vida. Yo tenía mis ilusiones hace años, trabajaba, mi vida estaba llena de ideas, de proyectos, me relacionaba con la gente, era madre, esposa… y ahora… no soy nada.

— ¿Qué pasó en tu vida para que hoy ya no tengas todas aquellas cosas que tú crees que te hacían feliz?

— Pienso que le dediqué mucho tiempo a todos. Me olvidé de mí.

Ana sintió una gran liberación emocional con aquella sentencia: “me olvidé de mí”. Por su mente pasaron recuerdos agradables de felicidad, pero se dio cuenta de que la felicidad la obtenía por hacer felices a los demás y no a ella misma.

— ¿Los acostumbraste?

— Parece ser que sí, los acostumbré a estar siempre pendiente de ellos, a solucionar problemas, a estar en todo momento, a ser yo la última para todo y también se ve que los acostumbré a no darme ni las gracias, a que no tenía derecho ni a recibir el más mínimo cumplido, gestos de cariño y de comprensión, los acostumbré a verme callada. Hasta me ha pasado con mis padres… qué curiosa es la vida… me pongo a pensar ahora y al hablar lo veo diferente. Acostumbré a mi marido a que llevaba siempre razón para no discutir y a estar siempre dispuesta para todo… y poco a poco me fui consumiendo hasta que un buen día se ve que decidí no levantarme de la cama. Cerré los ojos y caí. ¿Qué es esto?, ¿qué me está pasando?

Sus lágrimas temblaban con la intención de caer con fuerza. Sus ojos expresivos permanecían muy abiertos.

— A lo que te pasa se le llama depresión y se puede salir. Observo que posees una buena capacidad de análisis sobre tus emociones y sentimientos. Eso te convierte en una mujer valiente, aunque ahora mismo pienses lo contrario. Has dado con la clave: “me olvidé de mí”. Ahora debes empezar a ocuparte de aquello de lo que te olvidaste; de ti. Si estás dispuesta… empecemos esta lucha: “Estamos hechos de carne, sin embargo tenemos que aprender a vivir como si fuéramos de hierro”.

— ¿Cómo puedo ocuparme de mi misma?

— Poco a poco… yo te ayudo.

Algo se había movido en el interior de Ana, no sabía qué era concretamente. Cuando llegó a su casa, besó a su marido de una forma diferente, lo miró a los ojos y le dijo: “no quiero que me juzgues ni juzgarte, sólo que me escuches y escuchar. No quiero que me des tu opinión ni yo darte la mía, sólo que la comprendas y yo comprender la tuya. Cuando sepamos hacer esto… tu escuchar y yo hablar, tu hablar y yo escuchar… sabremos algo más el uno del otro”.

SECRETOS DEL ALMA | Manías enfermizas

— ¿Qué es lo que te mantiene la mente tan ocupada que no te deja respirar?

— ¿Cómo sabe que no puedo respirar? — Sara se giró de forma brusca en el diván mirando a su psicoterapeuta con cara de asombro.

— Tu rigidez al andar, tu forma de sentarte, tu meticulosidad cuando has dejado el bolso… pero sobre todo, tu mirada perdida… como si buscaras algo que hace tiempo has perdido. Hay algo en tu forma de mirar que indica que hace mucho tiempo que callas, que no expresas  lo que sientes, que necesitas que los demás piensen bien de ti… no soportas la crítica. —Sara miro sus manos enrojecidas por el agua y rompió a llorar.

— No quería venir, pienso que esto lo puedo superar sola, que no necesito a ningún loquero… ¡que van a pensar si alguien me conoce en la sala de espera! Hasta que al final no me ha tocado más remedio; están hartos de mí, en mi casa ya no aguantan más. Tengo 28 años y llevo con estas manías desde los 16 años. Al principio a mis padres les molestaba que gastara tanta agua, pero es que ahora hasta me apagan el termo para que no me duche con agua caliente porque tardo mucho tiempo y me aporrean la puerta del lavabo gritándome: ¡ya está bien!

—¿Sólo te pasa con el agua?

— Si, bueno yo soy una persona perfeccionista, pero sólo me pasa con la necesidad de lavarme las manos y ducharme durante mucho rato. A veces compruebo las cosas como que se hayan apagado bien las colillas del cenicero y a pesar de haber echado agua, me quedo un buen rato mirando por si alguna se encendiera, es espantoso.

— ¿Necesitas lavarte mucho las manos y el cuerpo?

— Si, pienso que he tocado algo o alguien me ha tocado y que puedo contaminarme y contraer una enfermedad… es incansable.

— Y si no te lavas todavía tienes más ansiedad, sólo te calma el lavarte, ¿es cierto?

— Sí, solo me calmo si me lavo y es que no puedo parar, mi padre no hace más que decirme: ¡pero dile a tu cabeza que ya está bien y verás como dejas de hacerlo! ¡No entiendo como no puedes parar, con lo fácil que es decir paro y paro! Pero yo, por más que le digo a mi mente que debo parar…nada, no para. Y ayer ya reventé, hasta mi novio estar harto. Mi vida gira en torno a lavarme, a veces pienso que son manías enfermizas.

— ¿A quién de tú casa necesitas controlar, dirigir, mandar?

— ¿Controlar? Yo no controlo a nadie, son ellos los que me controlan a mí. Hasta que un buen día me cansé de que me dirigieran la vida: “haz esto”, “piensa así”, “esto no lo hagas”, “debes ser perfecta”… pues mira ahora lo que tienen… la hija perfecta pero en exceso, me he vuelto por su culpa hasta maniática.

—¿Por culpa de quién?

— Por culpa de mis padres. Desde que era pequeña que no me dejan expresarme, no me han permitido nunca sentir lo que yo he querido y ahora mira donde me encuentro.

— No debes culpar a tus padres de lo que te está pasando. Lo primero que debes hacer es entender qué es concretamente lo que te está pasando y luego empezar a “ocuparte” de ello en lugar de “preocuparte” por ello. Estamos hablando de un Trastorno llamado: T.O.C. (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Este tipo de trastornos se da en personas perfeccionistas, pero no todas las personas perfeccionistas padecen este trastorno. Como tú bien lo has llamado esas “manías enfermizas” no dejan que tu vida fluya de forma adecuada y todo gira en torno a las obsesiones.

— ¿Entonces, yo tengo un T.O.C?

— Si, la forma de comportarte ha llegado a un extremo que parece fuera de lo normal. Es normal tomar ciertas precauciones para no contaminarse o no contraer enfermedades, sin embargo, es excesivo tener que lavarse las manos 40 o 100 veces al día. También nos puede asaltar la duda de si hemos apagado bien una colilla, sin embargo es enfermizo estar 25 minutos delante de un cenicero después de haberle echado agua. Obsesiones son las ideas, impulsos o imágenes que ocurren de forma espontánea y repetitiva en nuestra mente, la persona sabe que es un pensamiento absurdo pero no puede evitar tenerlo. Para compensar esta angustia es habitual realizar compulsiones, que son los comportamientos o acciones que se repiten y que se realizan para evitar la angustia y se realizan para reducir la ansiedad entrando en un círculo vicioso del que es posible salir con tratamiento.

— Entonces, ¿esto se cura?

— Si, con tiempo, tratamiento farmacológico y psicológico y sobre todo formando un buen equipo entre las personas que rodean a quien lo padece y el psicoterapeuta. Cuando quieras empezamos.

— ¿Qué tengo que hacer?

— Lo primero es diagnosticarte y descubrir la estructura de tu personalidad, cómo estás formada. Después citar a tus padres y pareja para darles instrucciones y explicarles qué es un T.O.C. y después venir a tu terapia para empezar a descubrir cómo funcionan tus pensamientos, cómo controlar tus impulsos y sobre todo aprender a expresar todo lo que sientes de una forma correcta.

Sara salió de consulta con el deseo de empezar a descubrir algo totalmente nuevo para ella: el mundo de la mente.

SECRETOS DEL ALMA | Yo, infiel

—Yo no puedo entender cómo no se da cuenta. No es la primera vez que me pasa, es como una necesidad morbosa. Llevo 10 años con este chico y ya he sido infiel dos veces. La primera fue al año de empezar la relación con Luis. Me enganchaba mucho su amigo. Estuvimos un tiempo pero era sólo una atracción sexual. Después, en cuanto noté que él empezaba a enamorarse de mí, yo misma abandoné la historia. Y la segunda todavía la llevo en danza.

El aspecto de Inés era el de una mujer angelical, de belleza natural, joven, de unos 35 años. Su estilo de vestir indicaba una cierta elegancia masculina, chaqueta americana, camisa abierta, pantalón clásico y pocos complementos. Sin embargo, llamaban mucho la atención dos cosas: sus uñas perfectamente maquilladas y dos tatuajes que simbolizaban una corona dibujada alrededor de sus muñecas que se dejaban ver cuando movía los brazos al gesticular. Simbología que indica realeza. La corona es una insignia visible que otorga a su poseedor, el derecho absoluto de ejercer el poder.

— La relación que mantienes en paralelo a tu vida en pareja, ¿es solamente sexual?

—Totalmente. Es el marido de mi amiga. Empezamos tonteando hace unos nueve meses y no podemos evitarlo.

— ¿No podemos evitarlo o no queremos evitarlo? — preguntó la psicoterapeuta mirando por encima de sus gafas.

—Bueno… no queremos. Lo de Javi es una atracción desde el día en que nos vimos…es como si hubiéramos conectado. No puedo parar.

— ¿Te sientes insatisfecha sexualmente con tu pareja?

—No especialmente, quizás un poco monótono, poco apasionado. Él es muy bueno, todo el mundo se sorprendería si lo dejáramos y además me sabe muy mal dejarlo. Yo lo quiero.

— ¿Tu forma de querer es a través del engaño? No me estás hablando de que has sido infiel en una ocasión y que te arrepientes, me estás hablando de varias relaciones fuera de tu pareja y que se repiten los encuentros con la misma persona. Estamos hablando de infidelidad recurrente.

— ¿Recurrente?

— La infidelidad recurrente se presenta por carencias o descuidos de la pareja. Uno de los dos necesita satisfacer necesidades no cubiertas, pueden ser afectivas, sexuales, intelectuales o cualquier otra. Se genera dependencia emocional y física. Es muy parecido a los efectos de una adicción.

—¿Me estás llamando adicta?

—Sí. Al fin y al cabo son carencias lo que tienes. Lo que no te da Luis lo buscas en otro sitio.

Inés habló de su vida con Luis, su pareja desde hacía 10 años. Calificaba su relación como normal; trabajo entre semana, agotados al llegar a casa, una cena rápida, uno a dormir y el otro al sofá a ver una serie y los fines de semana salida con los amigos, compras, limpieza, ordenador y un rato con la familia los domingos. Describió a Luis como un joven apocado, de carácter reservado y con tendencia a la sumisión. Le faltaba ser más apasionado en sus relaciones íntimas, sin embargo, se reía con él y apenas discutían. El carácter de Luis era comprensivo y evitaba cualquier situación desagradable dentro de la pareja dejándola pasar.

— ¿Por qué soy infiel?

—La infidelidad es una traición. Es el resultado de una crisis de pareja. Quien es infiel lo hace porque busca otra sexualidad, otras emociones de tipo sentimental o intelectual que su pareja no le da. Existe un aspecto narcisista por tu parte que indica una necesidad constante de sentirte deseada por otro hombre. Intentas mantenerte libre a través de tus actos de infidelidad. En el fondo buscas cubrir con otra persona tus insatisfacciones con Luis.

—Tengo una amiga con la que hablo, esa buena amiga a la que le puedo contar estas cosas. Hace unas semanas me dejó un tanto preocupada porque me dijo que no me estaba dando cuenta del daño que estaba causando. “necesitas un psicólogo que te indique y te explique que debes dejar de hacer lo que haces, que debes madurar y aceptar tu relación o dejarla, pero deja de hacer lo que a ti no te gustaría que te hicieran, eres rastrera”.

— ¿Y qué opinas de ello?

—La verdad es que me quedé perpleja — respondió Inés mostrando en su rostro preocupación— Me sentó muy mal que me dijera aquello tan libremente. Cuando me llamó “rastrera” quería morirme. Fue cuando me decidí a venir. Verdaderamente tengo un problema, ¿no?

—Si necesitas sentir que gustas, coquetear con hombres, experimentar la sexualidad diversa, alimentar a tu ego volviéndolos locos y escuchar que no pueden vivir sin tu cuerpo… debes estar sola. La pareja es un compromiso de dos donde tres no entran. Soluciona tus conflictos internos con tu pareja, descubre con él qué os está pasando y comprométete contigo misma.

—Esto me va a costar… pero debo hacerlo.

—Yo te ayudo. Tomar consciencia de un acto es avanzar. Ya tienes el primer paso dado.